Junio 9 y 10, 2026. Esta nueva producción de Las bodas de Fígaro es de Marta Pazos, quien se había presentado en el Teatre del Liceu con el estreno absoluto de Alexina B. Entonces me pareció la suya una buena dirección. Pero Mozart, como los grandes autores del repertorio, despierta extrañas ideas en las mentes siempre febriles de los directores de escena.
Si Robert Carsen no me convenció en Così fan tutte, en este monumento literario-musical es fácil deslizarse por la pendiente: un enorme pastel de bodas (fuera del cual las voces se pierden bastante), una coreografía tan innecesaria como la propia presencia de bailarines que acompañan a los cantantes en sus arias, con evoluciones que pueden servir para todo o nada: cuando no están vestidos de huevos, como ocurre en el primer acto mientras el coro canta en el foso —no demasiado bien—, o cuando acompañan al Conde en su aria con alguna alusión un tanto vulgar, los trajes y colores chillones, exagerados (¡esas pelucas!).
Cada personaje representa un alimento de marca conocida y generalmente dulce (Barbarina la miel, Marcellina la mantequilla, el Conde el chocolate, que va subiendo de porcentaje a medida que transcurren los actos, Susanna de azúcar y yogurt o helado: no me he podido decidir, la duda no me deja dormir), coronados todos por el vestido de la Condesa para su ‘Dove sono’ y dúo de la carta y escenas siguientes del tercer acto (un bombón de célebre marca e inconfundible y grotesca forma para un traje, acogido con carcajadas por el público), más alguna alusión sexual poco comprensible teatralmente y de gusto más que discutible, no conforman una puesta en escena buena o mala, sino un sinsentido caro.
La parte musical contó con dos repartos, el primero netamente superior. La dirección de Giovanni Antonini no brilló a gran altura: tiempos más bien lentos, ritmo casi metronómico (los metales en la obertura), sonoridades más bien mate con una orquesta reducida no galvanizaron a los músicos, aunque al menos no jugó en contra como la puesta en escena.
Lo mejor, la Condesa de Adriana González y la Susanna de Sara Blanch. La primera con una gran línea de canto, estilo y técnica que hicieron olvidar sus vestidos (y sus guantes negros a lo Rita Hayworth para cantar ‘Porgi amor’), dio una versión notabilísima de ‘Dove sono’, de gran belleza vocal y casi nunca exageración escénica más que la que le fue solicitada (convertir la escena de la carta en la preparación esperpéntica de un postre). La segunda pudo mostrar toda su vivacidad escénica y cantó muy bien todo el tiempo, con un muy buen aplauso en su rondó, y salió airosa de una escena tan tontamente comprometida como su ‘Venite inginocchiatevi’.
Julia Lezhneva fue muy aplaudida en Cherubino. Aparte de que yo prefiera una mezzo con su experiencia en el barroco, introdujo variaciones muy bonitas y sin desnaturalizar la línea de Mozart, pero así su personaje miraba hacia un mundo pasado que el salzburgués no rechazaba, pero del cual se alejaba.
Bien, pero menos que lo esperado, André Schuen en un Conde de recitativos demasiado enfáticos y emisión un tanto exagerada, obligado a cantar su gran aria (lo mejor que hizo) en un contexto absurdo. Bien también, pese a que el paso del tiempo empieza a notarse, el Fígaro de un Luca Pisaroni llamado a sustituir a un colega que iba a debutar y no debutó por haberse roto un pie (casi como su personaje).
El Don Bartolo de Roberto Scandiuzzi, pese al desgaste evidente del agudo, se hizo apreciar, y fueron muy buenos la Barbarina de Lucía García, el hilarante Don Curzio de Moisés Marín, y el melifluo Basilio de Roger Padullés. Poco convincente en lo vocal, el Antonio de Luis López Navarro, mucho mejor como actor. Mireia Pintó hizo una divertida Marcellina, pero le recuerdo actuaciones vocalmente mejores (en particular en el primer acto).
En el segundo reparto destacó por su propiedad Mercedes Gancedo (un Cherubino más normal), Samuel Hasselhorn resultó un Conde extremadamente liederista, Alejandro Baliñas una voz interesante a la que le falta un poco para encarnar al protagonista en una sala como ésta (agudos muy abiertos, recitativos que debe trabajar). Muy poco feliz el Bartolo de Alejandro López. Anna Prohaska, sin ser una gran Susanna, la resolvió de modo solvente, cosa que no puede decirse de Annett Fritsch en una Condesa que no se distinguía de su camarera, de agudo metálico, sin medias voces y falta de trino.


