Le nozze di Figaro en Berlín

Diciembre 3, 2025. Quizás el lector recuerde cómo se presentaban las óperas durante los años 70: Había modernismo, había una forma de mover a los cantantes y darles carácter a cada uno, incluso si no estaban en el centro de la acción (Personenregie). 

Los directores de escena más inteligentes creaban un ambiente quasi moderno en cuanto a escenografía (no todos, pero bastantes lo hacían), y se concentraban en un aspecto fundamental de la obra. Esto se llamaba Konzept. Más adelante esto degeneró en cambios totales de escena, de personajes, del argumento y hoy en día a esto se le llama y se le justifica como Regietheater

Hay un grupo muy selecto de directores de escena alemanes que aprendieron de la fuente del mejor teatro: Joachim Herz, Harry Kupfer, Götz Friedrich… Todos asistieron en su momento (o aprendieron de verlo trabajar) a Walter Felsenstein. Él lanzó un estilo flexible de cantar y actuar, y también fundó la Komische Oper de Berlin en 1947. Su manera de enfocar las obras que presentaba no requería diseños estrafalarios ni cambios substanciales a las obras, sino que —con escenografías semitradicionales— creaba los personajes de adentro hacia afuera; o sea que les daba un sentido dramático. 

Götz Friedrich asistió a Felsenstein en la Komische Oper y fue director de la Deutsche Oper desde 1981 hasta 2000, año en que falleció a la edad de 70. La producción de referencia data de 1978 y es típica de él, aunque parezca tradicional en cuanto a escenografía, de Herbert Wernicke. En una serie de ambientes opulentos, pero nada vulgares, vive el Conde Almaviva. Todo sucede como está escrito, pero hay algo más que quizás esté implicado, pero no escrito, que constituye la base de esta producción multifacética. 

El Conte se ha enamorado de Susanna. Y esto hace que la obra adquiera un sabor muy diferente a los jugueteos que normalmente suceden. No es que esto sea una mejoría al extraordinario libreto de Lorenzo Da Ponte, sino una cosa lógica, o sea un Sequitur. Al verlo así, la idea de que “un servo mio” (refiriéndose a Figaro) se case y se acueste con Susanna no solo le repele, sino que despierta celos de que alguien que está tan por debajo suyo pueda hacerlo y él no. 

El resto de la obra está muy bien justificada y actuada: hay un ambiente muy sexual, no solo personificado por Cherubino, sino por Barbarina, la Contessa y, por supuesto, Susanna. Friedrich fue un gran maestro de la Personenregie y tantos años después (48, para ser precisos), la producción quizás haya perdido un poco de su timing, pero conserva el sabor, el sentido de celos y amenazas y la nobleza que toda producción de esta gran ópera posee, y nunca debe ser perdida o dejada de lado por ideas a medio cocer. Claro que hoy en día no se tiene a Dietrich Fischer-Dieskau como el Conte, o a Heather Harper como la Contessa: muchos años han pasado y hay una nueva generación de cantantes jóvenes que merecen aprender de esta producción. Y los hubo: 

Dean Murphy fue un Conte feroz, cantando con energía y buen fraseo y exhibiendo en todo momento su rango. La soprano suiza Flurina Stucki posee una voz adecuada para la Contessa y con buena escuela. Su gran aria ‘Dove sono’ la encontró en su mejor momento con entrega, midiendo ajustadamente cada paso de esta difícil aria (y el recitativo precedente), compuesta en un glorioso Do mayor. La joven soprano moscovita Nina Solodovnikova dio vida a una Susanna inteligente, muy emprendedora y atenta lo que sucede a su alrededor, como dictando a cada rol que es lo que en verdad está sucediendo, moviéndose con soltura y siempre en rol. El joven irlandés Padraic Row sorprendió con una personificación muy medida de Figaro, muy en su lugar como sirviente que sabe los peligros de enfrentar a la nobleza. Esto fue visto en cada gesto, en cada actitud. Además, su voz fue ideal para destacar sus dos grandes arias/escenas. 

La joven soprano italiana Martina Baroni dio vida a un Cherubino muy adolescente, impetuoso e imprudente, cantando con juvenil expresión y bello color vocal, muy arrebatada y creíble en la gran escena con Susanna dentro del dormitorio de la Contessa. Elissa Pfaender fue una Marcellina muy consciente de su lugar en esta sociedad tan apretada, y cantó su aria ‘Il capro e la capretta’ con voz atractiva. Por su parte, el bajo Jared Werlein fue un sobrio y sonoro Bartolo; Burkhard Ulrich, un ubicuo y servil Don Basilio; Jörg Schörner un quisquilloso Don Curzio; Hye-Young Moon una semi-inocente Barbarina; y Paul Minhyung Roh un entremetido Antonio. 

Todos se movieron con soltura y convicción. Este fue un espectáculo de muy alta calidad, haciendo homenaje a Friedrich. No hay que dejar de lado al excelente director británico Ben Glassberg, quien brindó una lectura de tiempos ágiles, transparentes, con detalles orquestales brillantes y muy dramático en los momentos cruciales, como el finale del primer acto. El público que llenó la sala no se cansó de ovacionar a los cantantes.

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