Le roi d’Ys en Estrasburgo

Marzo 11, 2026. Le roi d’Ys, de Édouard Lalo con libreto de Édouard Blanc, fue estrenada con éxito en el teatro de la Opéra Comique en París en 1888. La obra, de estilo romántico tardío, contiene también signos de modernidad. En especial, su desarrollo musical de amplias líneas melódicas, agradables y fáciles de escuchar, pero difíciles de memorizar, y la complejidad de su armonía, anticipan la música francesa de fin de siècle: vale decir, entre otros, a Claude Debussy. Conclúyase puntualizando que, si su orquestación recuerda a Richard Wagner por la dimensión de los pupitres y el uso frecuente de metales y percusiones, dígase en su defensa que utiliza la orquesta solo para acompañar el canto, que adopta formas musicales breves y que evita el leitmotiv.

Le roi d’Ys se refiere a una leyenda del siglo IV relativa a la ciudad de Ys, en la Bretaña francesa, desaparecida en el fondo del mar por culpa de Dahut, la hija del Gradlon, rey de Cornualles. La muchacha se había enamorado del propio diablo, gran enemigo de Gradlon, llegado al lugar disfrazado de príncipe extranjero. El diablo obtiene de la muchacha la información necesaria (una llave) para poder hundir la ciudad. 

En la ópera, el rey (sin nombre) tiene dos hijas —Margared y Rozenn— enamoradas ambas del noble Mylio. El joven ama a Rozenn. Margared, por razones políticas que interesan a su padre el rey, está destinada a casarse con el príncipe Karnac, un feroz enemigo del reino, dispuesto a firmar la paz a cambio del matrimonio con la hija del monarca. Margared, que odia a Karnac, acaba juntándose con él por despecho y pide a Karnac (que reemplaza aquí al diablo) la total pérdida de la ciudad de Ys. La ciudad se hunde en el fondo marino llevándose también a la joven princesa. La intercesión de San Corentin (un santo bretón del siglo IV) permite al cabo el resurgimiento de la ciudad, Rozenn y Mylio se casan y todo acaba bien.

Bajo la invocación Abyssus Abyssum Invocat (El abismo llama al abismo), Olivier Py, director de escena, juzgando sin duda que la leyenda era demasiado antigua y de interés meramente local, quiso dar al evento una mayor amplitud y mejor proximidad al espectador del siglo XXI. Y así, mandó enfrentarse en el escenario a dos superpotencias de la época de la creación de la obra: la inmensa Rusia eterna (Mylio) y la recientemente creada y potente Alemania (Karnac). La alusión a ambas queda muy bien reflejada en el vestuario —muy elegante, en blanco y negro con algún toque gris, firmado por Pierre-André Weitz— y por el santiguamiento ortodoxo de Mylio. Añádase que la producción presentada ganó muchos enteros gracias a su escenografía, también obra de Weitz, aparatosa y compleja, espectacular, muy explicativa de lugares y situaciones de la acción. Prueba de todo ello fueron los incesantes aplausos que el público dedicó a los no menos de quince tramoyistas que habían intervenido en los incesantes cambios y las rotaciones de los decorados de la producción.

En el foso de la Opéra National du Rhin de Estrasburgo, Samy Rachid, venido de la Opéra Studio de la casa, dio una versión de la obra que sorprendió muy positivamente por su claridad melódica, su amplitud armónica, su intensidad dramática en los momentos de tensión y su dimensión lírica en las escenas (escasas) de expresión delicada. Trató a los solistas y al coro (un gran bravo a los coristas y a su director, Hendrick Haas) con el mayor respeto. 

Los siete solistas, de habla francesa todos ellos, respetaron la fonética gala, y cada uno de ellos defendió su papel con dedicación y convicción, traduciendo fielmente los altibajos anímicos de sus personajes. La mezzosoprano Anaïk Morel campeó el rol de Margared con genio y figura: emisión firme y decidida, timbre algo oscurecido. Dramatizó su decepción amorosa sin recato y en un impulso de total egoísmo, se libró sin ambages de Karnac solo para perjudicar gravemente a quienes la habían defraudado: la ciudad entera. 

A su lado, Lauranne Oliva (Rozenn) mostró con claridad sus intenciones, nunca coléricas, y mostró una gran capacidad de adaptación (vocal en particular) para solventar situaciones diversas con los miembros de su familia en particular. Vocalmente impecable, la soprano lució un timbre muy claro y moduló el volumen en sus intervenciones. Julien Henric, tenor de gran solvencia vocal, empuñó el papel de Mylio con fuerza, lirismo y soltura. Matizó sus decires según se halló frente a su amada, a su rival o a su rey, y siguió con eficacia las indicaciones del director de escena. 

Las voces masculinas graves marcaron con su sello la brutalidad de las contiendas y la tensión reinante en el escenario aun en tiempos de paz. Sobresalió por su potencia la voz de Jean-Kristof Bouton como Karnac, el malo de la película. El barítono franco-canadiense dio del malévolo personaje una versión dura y decidida, aun en sus momentos de duda. Muy a gusto en el forte sin esfuerzo aparente, su fraseo elegante y su resistencia vocal maravillaron. El bajo belga Patrick Bolleire caracterizó con su registro grave, algo rugoso las dificultades políticas y familiares inherentes a su papel del rey de Ys. El barítono Fabien Gaschy como San Corentin, y el tenor Jean-Noël Teyssier como Jahel, completaron el reparto con prestaciones de calidad vocal solo limitadas por la partitura.

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