Del 27 al 31 de mayo, la Muestra de Cine Español celebró su edición 2026 en diversas salas de arte de Cinépolis, en la Ciudad de México, con un cierre tan particular como contundente. Tras presentar lo más punzante del cine ibérico contemporáneo —desde el Pedro Almodóvar de Amarga navidad (2026) hasta el enfoque experimental de Albert Serra (Tardes de soledad, 2024)—, la exhibición hizo un alto en el sendero cinematográfico para abrir una ventana a otro tipo de pantalla: el escenario operístico.
La proyección de Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti en aquella aclamada producción de de 2010 firmada por David Alden para la English National Opera y presentada en 2018 en el Teatro Real de Madrid, fue la prueba definitiva de que la ópera, cuando se le permite habitar el lenguaje del cine, puede ser una experiencia tan electrizante como cualquier estreno de temporada.
Y es que hay mucho de gozo en ver ópera en el cine. Se rompe el protocolo rígido —solemne —y a veces solemne— del teatro o una sala de conciertos. Aquí, cuando se apagan las luces y concluyen los trailers, la butaca invita a la inmersión. El sonido, procesado y esparcido con la contundencia de una sala del séptimo arte, coloca al espectador justo en el centro de la acción envolvente.
¿Comer palomitas mientras Lucia pierde la razón o beber un refresco en mitad de una disputa ancestral en las tierras altas de Escocia? ¿Por qué no? Podría parecer sacrilegio para el operófilo tradicional, desde luego, pero en la Sala 6 del Cinépolis Diana, el público lo vivió como un evento festivo y disfrutable.
Consignado lo anterior, la puesta en escena de Alden es, por sí misma, un ejercicio cinematográfico. Alejado de lecturas costumbristas, el director de escena traslada las acciones a un sanatorio victoriano decadente, inspirado en la estética de John Langdon Down, que parece sacado de un relato de Edgar Allan Poe.
Crea una atmósfera claustrofóbica y espectral que, bajo la lente de las cámaras, adquiere una textura de película de terror gótico. El escenógrafo Charles Edward logra que los espacios se sientan opresivos, como una jaula de madera con pintura sucia y descarapelada, donde la locura de Lucia deja de ser un cliché operístico para convertirse en un horror tangible, marcado por las sombras y tonalidades grisáceas y oscuras, de relevancia médica.
El registro de 2018 de esta ópera sigue siendo referencial, y muestra el nivel de capacidad de Joan Matabosch en la dirección artística del Teatro Real para calibrar una programación con calidad de propuestas creativas y elencos notables.
En el centro del entramado de amor, presiones, duelos y muertes, la soprano Lisette Oropesa despliega una fuerza arrolladora. Su Lucia no es solo virtuosismo de coloratura endemoniada y agudos estratosféricos; es la construcción histriónica de una fragilidad desgarradora y desquiciante que llega irremediablemente al gore. Apreciar su rostro en primer plano durante el tránsito de la ilusión angelical al abismo de la enajenación, es un privilegio que solo el cine puede conceder.
A su lado, el debut del tenor mexicano Javier Camarena como Edgardo di Ravenswood resulta una inyección de intensidad y frescura. El cantante jalapeño —que ya había presentado sus credenciales belcantistas al público del Real, dos años antes, en I Puritani de Vincenzo Bellini, aquí se muestra en plena madurez vocal. Consigue un personaje apasionado, herido, con un color vocal cálido y gentil, que contrasta con el ímpetu fiero del barítono polaco Artur Ruciński, quien encarna un Enrico Ashton implacable, cargado de una testosterona que se siente como un puñetazo en la mesa.
Uno de los momentos cumbre de la función fue el célebre sexteto ‘Chi mi frena in tal momento?’ La fuerza del conjunto fue tal que, en su momento, obligó al Real de Madrid a conceder el bis. Ver esa misma energía replicada en pantalla, con la batuta de Daniel Oren conduciendo a una orquesta dúctil y brillante, fue un recordatorio del poder del melodrama romántico. Oren, con un entendimiento psicológico profundo, consigue que la música acompañe, pero sobre todo que respire con los personajes, especialmente en ese momento donde la armónica de cristal —con su sonido fantasmal y etéreo— se vuelve la banda sonora de la locura.
Esta Lucia di Lammermoor de Donizetti, basada en la truculenta novela de Walter Scott, es la emoción del belcantismo exacerbado: espectros, venganzas, engaños, traiciones, locura y muerte que, en la visión de Alden, se sienten como conductos inevitables de un sistema que aplasta a quienes no encajan en los planes del otro. La lectura del director estadounidense no reescribe la obra, la redescubre y eso no es un mérito menor, al tratarse de un título del repertorio tan frecuentado como este.
Por ello es sencillo concluir que la Muestra de Cine Español 2026 hizo bien en incluir este registro. De cierta manera, recordó que de vez en cuando la ópera como género puede salir del teatro y mantener su aura y cordura para enloquecer al público, aun con palomitas en mano.



