Ottone in villa en Venecia

Julio 14, 2020. Esta ópera de Antonio Vivaldi, basada en un texto de Domenico Lalli, fue el título elegido por el Teatro La Fenice para retomar sus actividades tras el cierre forzoso y prolongado por Covid-19. Es una obra importante ya que marcó el debut operístico (Vicenza 1713) del compositor veneciano, que en el mismo periodo se convirtió también en maestro de coro del Ospedale della Pietà. 

La edición curada por Eric Cross se adapta a las necesidades de la situación: solo cinco cantantes en escena, ausencia del coro y reducido personal orquestal. De acuerdo con los rasgos estilísticos del barroco, la partitura combina una serie de arias, pero carece casi por completo de piezas de conjunto. Además, su pertenencia al género serio no impide la presencia de diversas ideas cómicas y el inevitable disfraz. 

Ante la muy particular situación en la que se vuelve a la música presencial, la fundación veneciana decidió alrevesar los espacios de su teatro: la platea, sin butacas, acogió a la orquesta y a los solistas, mientras el público se posicionó en los palcos y en una estructura particular —una especie de esqueleto de quilla naval— colocado en el escenario. El arreglo despierta cierta curiosidad inicial, pronto suplantada por el inevitable malestar acústico que, sin embargo, no quita mérito al trabajo realizado para permitir la representación. 

Diego Fasolis se movió en un repertorio que conoce bien y al que aseguró una lectura franca y siempre diligente, bien apoyada por la Orquesta Fenice, capaz de abordar el sonido de Vivaldi con sobriedad. La compañía estuvo bien surtida. Destacó el Caio de Lucía Cirillo, que exhibió capacidad expresiva y dominio del fraseo en las numerosas arias que se le encomendaron. A Sonia Prina, especialista en repertorio barroco, se le asignó el papel protagónico de Ottone. La cantante actuó sobre el escenario con soltura, mientras que su interpretación vocal a veces no tuvo homogeneidad y careció de una emisión ortodoxa. 

Michela Antenucci (Tullia) y Giulia Semenzato (Cleonilla) moldearon sus personajes eficazmente. Valentino Buzza (Decio) presume de un bello timbre de tenor, apreciable en la zona de los medios graves, mientras que en la zona aguda denotó algo de forzatura

Giovanni Di Cicco fue el director escénico, aportando su experiencia relacionada con el campo de la danza como coreógrafo. Su tarea se limitó a dirigir los movimientos de los artistas que actuaron en escena con ligereza y cumpliendo con las distancias marcadas por los protocolos impuestos por la emergencia sanitaria. 

Massimo Checchetto se encargó de la realización escénica: una simple explotación de la platea y de los elementos insertados en el teatro con la nueva disposición de los espacios. El montaje se completó con los vestuarios contemporáneos de Carlos Tieppo y las luces de Fabio Barettin. Cálida y sentida bienvenida por el regreso al teatro después de meses cuarentena.

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