Octubre 23, 2026. El Teatro de la Maestranza de Sevilla inicia su nueva temporada de ópera con la reposición de la obra del compositor francés Charles Gounod (1818-1893) Roméo et Juliette, veinte años después de aquella producción del Teatro de Burdeos presentada en 2006.
La ópera francesa de la mitad del siglo XIX marcó una auténtica tendencia, el equivalente francés de la canción romántica alemana, con piezas de salón sentimentales y superficiales. Después de Jules Massenet, Gounod fue el más notable representante del estilo y del género y también el primero en entender la melodía romántica no solo como compatible con un espíritu lírico edulcorado.
Como muchos otros operistas, Gounod buscó y encontró en el dramaturgo inglés un tema de enorme calado: el drama de Romeo y Julieta, escrito hacia 1595, y paradigma del amor romántico irrealizable en este mundo rodeado por una sociedad mezquina y arrogante. Quiso entonces proporcionar a la obra shakesperiana un carácter especial, abriendo la partitura con un coro interno, confiriendo así un solemne dramatismo al inicio, para después rendirse a la sociedad “burguesa” con un vals decimonónico.
Con todo y pese a los vaivenes que sufrió la partitura hasta su estreno, incluyendo el debate del ballet del acto IV, la obra tuvo muy buena acogida el día de la inauguración en el Thèâtre Lyrique de París, el 27 de abril de 1867, debido en parte al buen hacer de los libretistas Michel Carré y Jules Barbier, verdaderos “practicones” de la libretística.
La reducción de la ópera a partir del texto shakesperiano fue muy satisfactoria para asegurar larga vida a un producto que en los últimos años ha experimentado un impulso ciertamente sorprendente. Esta óperagustó mucho: el coliseo sevillano registró una magnífica entrada para asistir al estreno de esta joya del romanticismo francés.
El director napolitano Luca de Fusco, responsable de la Ópera de Roma, fue el encargado del drama escénico, ahora trasladado a una Verona de mediados del siglo XX. Un escenario sombrío, conciso casi, con los adornos necesarios para dar paso al desarrollo de la acción. Se situó el foco en la gente, en los personajes, y se manejó muy bien el clima, la tensión, con todo tipo de efectos especiales. Mención especial a Gigi Saccomandi (luces), Marta Crisolini Malatesta (escenografía y vestuario) y Alessandro Papa (video).
Fue grata la inclusión del ballet del IV acto (pues no siempre sucede). Un momento dulce de desasosiego y reflexión con una musicalidad excelsa, que el público supo agradecer. De aplaudir también, el trabajo de la coreógrafa Alessandra Panzavolta.
El concertador ucraniano Sasha Yankevych realizó una muy buena lectura de una partitura de gran envergadura melódica, pues la orquesta estuvo realmente brillante, tanto con los cantantes como con los coros, siempre con el sello de Íñigo Sampil. De destacar, la obertura con el susurrante coro del prólogo, ‘Vérone vit jadis deux familles rivales’.
La soprano armenia Nina Minasyan cumplió a la perfección con su rol de la enamorada Juliette. Con descaro y alegría afrontó su vals del primer acto, ‘Je veux vivre dans se rêve’, donde mostró una voz brillante que supo gestionar con sutileza hasta en esos momentos de más drama y languidez.
El personaje de Romeo estuvo sensacional, tal como lo diseñó Gounod, del que conocemos su admiración por la vocalidad mozartiana. Pavol Breslik demostró por qué está ya pidiendo paso. Sin tener una potencia abrumadora, el eslovaco cantó de maravilla con un lirismo y un fraseo limpio, con la fuerza justa para hacer creíble los arrebatos amorosos del recitativo y cavatina del II acto, ‘L’amour, l’amour… Ah! Lêve-toi soleil’.
El paje de Romeo, Stéphano lo cubrió a la perfección, como siempre, tanto en lo canoro como en lo actoral la voz tersa y cálida de la mezzo ítalo-germana Anna Doris-Capitelli, como quedó patente en su canción del acto III, ‘Dépuis hier je cherche en vain mon maître’.
De aplaudir, el trabajo del bajo italiano Riccardo Fassi como Frère Laurent, todo un vozarrón a tener en cuenta, que firmó un entrañable trío junto a los enamorados en el acto III ‘Dieu, qui fis l’homme à ton image’.
Un caluroso aplauso al resto de las otras magníficas voces que hicieron posible tamaña velada: Elena Maximova (Gertrude), Mario Bahg (Tybalt), Pablo Puértolas (Benvolio), Maxim Listin (Mercutio), Julien Van Mellaerts (Pâris), Andrès Merino (Grégorio), Zoltan Nagy (Capulet), y Valery Guilmanov (Le Duc de Vérone).


