Mayo 9, 2026. Como último título de su temporada 2025-26, volvió al escenario de la Canadian Opera Company la ópera Werther, una de las obras maestras del repertorio operístico francés y una de las partituras más célebres del compositor francés Jules Massenet. Para esta reposición, que puso fin a una injustificable ausencia de más de tres décadas, la compañía con sede en Toronto tiró la casa por la ventana y ofreció un espectáculo de irreprochable calidad, sobresaliente en todos sus aspectos.
En su debut en este exigente papel protagonista y vocalmente en estado de gracia, Russell Thomas superó ampliamente todas las expectativas. Dueño de una voz de amplio caudal y marcada impronta spinto, de timbre oscuro, robusto y denso—cualidades poco habituales en un rol tradicionalmente asociado a un tenor más lírico y luminoso—, el tenor estadounidense deslumbró por su habilidad técnica para moldear su instrumento y dosificar la potencia y la densidad de su voz a los requerimientos líricos de la parte del poeta romántico, desplegando un canto de exquisito legato y refinadas medias voces, con las que construyó un Werther de intensa virilidad y profunda humanidad. Poseedor de un centro vocal carnoso, graves firmes y un registro agudo tan poderoso como seguro, Thomas exhibió las credenciales del Otello que le ha valido reconocimiento internacional y lo ha situado entre los intérpretes más demandados de ese rol en la actualidad. Una dicción francesa muy cuidada completó una caracterización de enorme mérito. Cargado de matices dinámicos y desbordante refinamiento su “Pourquoi me réveiller…” causó gran impacto le arrancó una catarata de aplausos al público.
Encarnando a la abnegada Charlotte, objeto del amor obsesivo del poeta, la joven mezzosoprano rusa Victoria Karkacheva se mostró plenamente a la altura del protagonista, con una voz fresca, cálida y seductora. Su interpretación fue ganando en intensidad a lo largo de la función, hasta alcanzar su punto culminante en la célebre escena de las cartas: ‘Va! laisse couler mes larmes’. Allí, a un canto de exquisita elegancia y cuidada articulación añadió una notable madurez expresiva y una sólida presencia escénica, que terminaron de consolidar una caracterización de muchos kilates. Un nombre a seguir de cerca.
Por su parte, la soprano canadiense Simone Osborne compuso una Sophie juvenil y luminosa, hermana menor de Charlotte, de voz lírica argentada, ágil y muy musical, que, con una cautivante naturalidad escénica, aportó momentos de frescura a una trama dominada por la melancolía. Completando el cuarteto protagonista, todo un lujo en boca fue contar con el bajo-barítono canadiense Gordon Bintner quien, a cargo de la parte de Albert, el esposo de Charlotte, exhibió una voz de timbre noble, cuidada línea y elegante fraseo.
En los personajes secundarios, el bajo Robert Pomakov resultó un sólido intérprete del alcalde del pueblo y padre de Charlotte y Sophie; el veterano bajo Alain Coulombe encarnó a un convincente Johann, vecino de la localidad, y el tenor Michael Colvin dio vida a un vecino Schmidt chispeante y solvente.
Muy bien preparado se oyó al grupo de niños en el villancico navideño. Desde el podio, un inspiradísimo y sensible Johannes Debus condujo a los músicos de la casa con pulso firme y manifiesto conocimiento del romanticismo operístico francés, ofreciendo una lectura refinada, detallista y de notable tensión dramática que sacó a relucir la enorme riqueza orquestal de la partitura de Massenet.
En coproducción con las óperas de Montreal y Vancouver, la puesta en escena firmada por Alain Gauthier recurrió a una estética clásica que presentó al protagonista como un ser hipersensible y desajustado de su entorno social, un outsider. Así, con aspiraciones universalistas, plantó la trama no simplemente como la historia de un amor imposible, sino como la de un hombre incapaz de encontrar su lugar en el mundo y cuyo trágico final, más que el resultado de una pasión no correspondida, es la consecuencia de su aislamiento social frente a un mundo del que se siente totalmente desconectado. Hombre de teatro, Gauthier elaboró con gran precisión el perfil de cada uno de los personajes, así como las interacciones entre ellos, además de ofrecer escenas de conjunto ordenadas y eficaces.
Sin apartarse de la época en que transcurre la acción —en Alemania a finales del siglo XVIII—, la atractiva y funcional escenografía de Olivier Landreville, con sus módulos móviles e intercambiables, permitió que el desarrollo de la acción avance con fluidez y continuidad, sin interrupciones ni sobresaltos. Contribuyeron decisivamente a la calidad de la presentación el vestuario de la diseñadora Lëilah Dufour Forget, que vistió a los personajes con una sobria elegancia burguesa de finales del siglo XVIII, y la iluminación de Mikael Kangas, que construyó una atmósfera de gran poesía, especialmente en la escena del paseo nocturno de Werther y Charlotte al cierre del primer acto. Al término de la representación, el público estalló en una entusiasta ovación, premiando el altísimo nivel artístico de todos los intérpretes.


