Hay proyectos artísticos que, por su naturaleza titánica y su arrojo estético, parecen destinados a desvanecerse tras el eco de los aplausos finales, dejando apenas una estela de asombro en quienes los presenciaron. Sin embargo, y por fortuna, no siempre es así.
La reciente publicación del libro La bella simplicidad: memorias del Parsifal, editado por Cataria Ediciones, con el impulso de Arte & Cultura del Centro Ricardo B. Salinas Pliego, se encarga de que la histórica producción de la última ópera de Richard Wagner en México —estrenada en el Teatro del Bicentenario Roberto Plasencia Saldaña de León, Guanajuato, en abril de 2024— no sea solo un recuerdo, sino un testimonio tangible y perdurable.
Esta memoria, cuya exclusividad se desprende de un tiraje de apenas 500 ejemplares, no es un simple programa de mano extendido. Es una pieza de colección que documenta, hilo por hilo, el tejido creativo de una puesta en escena que marcó una referencia incontestable en la lírica nacional.
El libro abre con un texto fundamental: Lucus non lucendo. En estas reflexiones, Sergio Vela no solo explora su vínculo personal y apasionado con la obra final de Wagner, sino que ofrece al lector las llaves para descifrar su lenguaje creativo. Para Vela, director de escena, escenógrafo e iluminador de esta producción, el camino hacia la consagración escénica de Parsifal no pasó por la grandilocuencia gratuita, sino por la decantación.
Como bien señala el título, el libro celebra la bella simplicidad, un concepto alusivo a la Alceste de Christoph Willibald Gluck y que, por lo demás, remite de igual forma a las influencias de realizadores como Wieland Wagner, Adolphe Appia, Edward Gordon Craig o Robert Wilson, pero que en manos de Vela adquiere una identidad propia: el uso de la abstracción y el simbolismo para que el tiempo, efectivamente, se convierta en espacio.
El texto revela a un creador que no teme a la ambición técnica, tal vez porque siempre la somete al rigor del intelecto y a la mística de la obra. Una de las mayores riquezas del volumen radica en su polifonía. A través de conversaciones profundas —con Fernando Fernández, editor del libro, en Medio siglo de cercanía con Parsifal y con Hugo Roca Joglar en Elogio del espacio vacío—, la publicación despoja al montaje de su misterio técnico para revelar al lector su alma humana y artística.
No se descuida ningún eslabón de la cadena de obra de arte total. Se documenta con meticulosidad la labor de Violeta Rojas y el simbolismo de sus figurines; Ruby Tagle y la construcción del movimiento y coreografía; Ilka Monforte y su propuesta de maquillaje; Ghiju Díaz de León, sus frisos corales y proyecciones; y la producción ejecutiva de Juliana Vanscoit.
El apartado dedicado a la dirección musical del maestro italiano Guido Maria Guida, además de una complicidad añosa con Vela, deja constancia de cómo su batuta logró una imagen sonora decorosa y relevante de las agrupaciones guanajuatenses participantes, elevando el punto de partida hacia una excelencia que solo la experiencia y la iniciación pueden conceder.
Visualmente, el libro es un festín sensorial. El corpus fotográfico de Carlos Alvar registra la acción y desvela la poética de la iluminación y dinámica interior que acusan los personajes. A esto se suma su fascinante story-board fotográfico y otro con las ilustraciones de Emilia Reily que, junto a la secuencia dramática manuscrita de Sergio Vela, permiten al lector asomarse al cerebro del director.
Observar los trazos, decodificar las notas —incluso algunas en la partitura— y el desarrollo en el tiempo escénico es entrar en la bitácora de un navegante que ha sabido conducir una tripulación inmensa hacia un puerto impensable.
La publicación documenta el equilibrio probado del elenco internacional: la nobleza declamatoria del Parsifal del Heldentenor búlgaro Martin Iliev, la calidez y compromiso actoral de la Kundry de la mezzosoprano australiana Fiona Craig, la fluidez narrativa del Gurnemanz del bajo-barítono argentino Hernán Iturralde, y la solvencia de los barítonos mexicanos Jorge Lagunes (Amfortas) y Óscar Velázquez (Klingsor) y el bajo José Luis Reynoso (Titurel).
Hacia el final del libro, la inclusión de las reseñas de Juan Arturo Brennan, Manuel Yrízar, Joel Almaguer y de quien esto escribe (las dos últimas, en su momento, publicadas en Pro Ópera), ofrece una perspectiva testimonial y crítica necesaria.
Abordar Parsifal en el Bajío mexicano, alejado de la aparente opulencia centralista de la capital, parecía una locura auténtica. Pero el éxito de la gesta residió precisamente en que no fue una insensatez, sino un acto de fe artística que descubrió su grial.
La bella simplicidad: memorias del Parsifal es, en última instancia, una obra que no podría ocultar a su autor. Refleja la pulcritud, el conocimiento vasto y el empeño de Sergio Vela como ejemplo de que en México se puede hacer ópera con ambición wagneriana —es decir, cósmica y colosal—, y alcanzar una calidad irrefutable.
Es un libro culto que, si bien deleitará a quienes vivieron la experiencia en el Teatro del Bicentenario, funciona también como una referencia indispensable para quienes deseen comprender cómo se construye una hazaña operística. Es el testimonio de que el arte, en su forma más pura, sigue siendo capaz de admitir y reclamar de su oficiante el amor profundo y redentor en sus proyectos. Un objeto bello para una obra que, en su ascensión final, dejó al público una estela simple de luminosidad conmovedora.



