Mayo 30, 2026. La relevancia de la función de este sábado en el Auditorio Nacional trascendió la ya habitual transmisión lírica En vivo desde el Met de Nueva York. Que la Metropolitan Opera eligiera cerrar su temporada 2025-2026 con El último sueño de Frida y Diego (2022) de la compositora estadounidense Gabriela Lena Frank (1972) y el libretista cubano-americano Nilo Cruz (1960), podría considerarse un auténtico referente.
Y no solo por la presencia de una ópera en español en uno de los recintos de mayor prestigio operístico internacional —en el que, en 2023, incluso se programó Florencia en el Amazonas de Daniel Catán—, sino por la forma en que esta obra despliega en el escenario personajes y simbolismos mexicanos que se elevan de los clichés de exportación para destilar una potente y conmovedora historia que dialoga en una geografía artística universal.
El último sueño de Frida y Diego, primera incursión en el género operístico de Lena Frank, pasa de largo el rigor biográfico y evita la rigidez del documento historicista, pues opta por coordenadas vitales y artísticas de esta pareja icónica de la cultura mexicana, a partir de un claro interés dramático y escénico.
Son seres cuyo reconocimiento como celebridades funciona para lanzarlos a una aventura amorosa órfica invertida, que disuelve las fronteras de la vida y la muerte, sin dejar de lado aspectos que les dan raíces e identidad: el entorno mexicano, el accidente del tranvía, la pintura o su relación de pareja tóxica, por ejemplo.
Lena Frank, a partir del libreto de Cruz, construye una ensoñación musical y fantástica que da cuerpo y sonido al Día —o Noche— de Muertos, en la que la mitología tradicional y pop mexicana desplazan a la grecolatina: Frida, la artista atormentada, emerge del Mictlán, esa mansión de los muertos gobernada por Mictlantecuhtli, no solo por el deseo de pintarse de nuevo y sin dolor, sino para atender la febrilidad de Diego Rivera quien, solo y enfermo, usa la fe, sus trazos y colores, para invocarla con la desesperación de quien sabe que el amor, aun en su forma más destructiva, es combustible creativo y un vínculo tan adictivo que fertiliza el regreso del inframundo.
El lirismo del libreto y la rica expresividad musical preserva la obra de una posible hollywoodización de nuestra cultura, al estilo Coco. Aunque no renuncia a buscar el agrado y disfrute profundo del público. Es una incursión sonora en capas creativas y ambientales, donde la partitura de Lena Frank resulta casi cinematográfica y funciona para disolver los límites entre lo animado y lo inanimado.
La orquestación es exuberante y no olvida la danza, el suspiro sentimental o la disonancia fúnebre con aromas de copal y cempasúchil, de algarabía de tianguis con huacales y sandías, o aires ocasionales de mariachi y palpitar de marimba que, desde el foso, logran una sinestesia inmersiva asombrosa.
La orquesta del Met contó con inflexiones emotivas y fluidas, bajo la batuta concertadora de su titular, el director canadiense Yannick Nézet-Séguin, quien supo entender que la compositora evita el folclorismo de postal y apuesta por una dimensión musical que permite habitar y convivir a los vivos y a los muertos. Una cosmogonía que, por momentos, parece salida de la mente de Tim Burton o de la pluma de Stephen King: un terror que reconforta, una tristeza que se sabe necesaria e inevitable. Pero que, acaso, puede resignificarse a través del arte.
El libreto de Nilo Cruz es diestro y ágil, capaz de integrar el giro coloquial mexicano — “pinche cabrón”, “órale, vamos”, “mi panzón”— sin que suene forzado. Consigue esa cercanía de temor irreverente a “la Catrina”, “la Pelona”, “la Huesuda”, tan mexicano. ¿O no se nutre de ello la alegría trágica del Día de Muertos, donde se come, se bebe y, por supuesto, se canta, para revivir desde la fantasía a los que ya no están, al menos por un día?
Sobre el escenario, y a través de la pantalla, la mezzosoprano neoyorkina Isabel Leonard entregó una Frida de sensibilidad punzante; su voz delicada, que se transforma por la furia, la decepción y el amor, fue el vehículo propicio para una mujer que, a pesar de sus grietas, arterias y raíces exangües (simbolizadas con fuerza en el sangrante árbol de la vida que desciende sobre el cuadro escénico), se ilusiona y busca recobrar su color.
A su lado, el barítono malagueño Carlos Álvarez caracterizó a un Diego Rivera crepuscular, gesticulante, con una autoridad actoral innegable que deambuló fantasmal por tumbas, andamios o la Casa Azul. Si bien su instrumento acusa el paso de los años con un vibrato más holgado, su dominio técnico y su profundidad interpretativa dieron al muralista el peso emocional y taciturno de quien ansía el sueño final.
La Catrina de la soprano Gabriella Reyes (quien también participó en aquella Florencia en el Amazonas de 2023 en el Met), lució resuelta e imponente; autoritaria y, a la vez, socarronamente divertida. Su uso de la risa como arma virtuosística dentro de su aria nos recordó que, en el Mictlán como en nuestro mundo, su poder no reside solo en la inevitabilidad, sino en su carácter impredecible. Y en esa danza macabra, el contratenor alemán Nils Wanderer como Leonardo —un guiño a una Greta Garbo alternativa que habita en las sombras del inframundo azteca— resultó otro contrapunto de equilibrio entre el dolor y la ligereza.
Esta producción de Deborah Colker, con escenografía de Jon Bausor inspirada en El abrazo de amor del Universo, la Tierra (México), yo, Diego y el señor Xólotl, entre otras pinturas, devolvió al arte su dimensión de aventura alterna a realidad.
Con el Auditorio Nacional interesado ante esta historia (que ha pisado también los escenarios de San Diego y San Francisco en la producción de estreno), descubrir el llanto contenido de cientos de personas ante el destino de esta pareja que decide cruzar junta al Mictlán, tuvo algo de poesía y justicia.
Pues que México haya resonado con tal potencia en el Met, en la presentación de una ópera contemporánea que suena a vida —y muerte— y no a academicismo —y muerte—, podría ser esa referencia karmática para quienes históricamente han despreciado lo que suena a nuestro país, en la suposición de que es incapaz de fertilizar y habitar las grandes ligas operísticas.
El último sueño de Frida y Diego fue un cierre de temporada. Y también la confirmación de que la cultura mexicana tiene visa y puede viajar, como esta pareja de pintores mexicanos que al final se fueron con la Chingada.

Gabriella Reyes (la Catrina) © Marty Sohl


