Turandot en Valencia

Junio 11, 2026. El Palau de les Arts puso el broche final a la temporada con una ambiciosa y estimulante Turandot de Giacomo Puccini (con el final de Franco Alfano), una obra que ocupa un lugar destacado en la historia reciente del coliseo valenciano y que vuelve ahora bajo la dirección musical de Mark Elder. Lejos de ofrecer una lectura complaciente o puramente espectacular, el maestro británico presentó una versión de gran personalidad, marcada por el cuidado del detalle orquestal y por una concepción sonora que reveló facetas menos evidentes de una partitura tan conocida como exigente.

Desde el foso, Elder confirmó el excelente momento artístico de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Con tempi amplios construyó un discurso de notable coherencia dramática, subrayando la modernidad de la escritura pucciniana y resaltando colores instrumentales que a menudo pasan desapercibidos. La riqueza tímbrica de la partitura emergió con claridad, permitiendo descubrir matices y contrastes que aportaron frescura incluso a los pasajes más célebres. El equilibrio entre el brillo orquestal y el acompañamiento de las voces fue ejemplar, una de las virtudes que más se agradecieron a lo largo de la representación. A este éxito contribuyeron también el Coro de la Generalitat Valenciana, preparado por Jordi Blanch, y las formaciones infantiles Veus Juntes y la Escolanía de la Mare de Déu dels Desemparats. Todos ellos ofrecieron una actuación de gran nivel, tanto en el plano musical como en el escénico, resolviendo con solvencia una producción que exige una presencia constante y una compleja disposición sobre el escenario.

La propuesta escénica de Àlex Ollé supone una ruptura evidente con la anterior producción vista en este escenario. Situada en un universo oscuro y opresivo que combina ecos de ciencia ficción y referencias arquitectónicas inspiradas en los grandes pozos escalonados de la India, la escenografía de Alfons Flores configura un espacio vertical de gran impacto visual. Las monumentales estructuras permiten una distribución dinámica de cantantes, coro y figuración, creando imágenes de poderosa fuerza teatral. Ollé plantea una lectura de marcado contenido social, en la que Turandot y el emperador Altoum aparecen como figuras casi divinas que gobiernan desde una esfera superior a una humanidad sometida y degradada. El espectáculo destaca por su capacidad para generar imágenes memorables y por la eficacia con la que articula los grandes cuadros corales. Sin embargo, algunas soluciones escénicas resultan menos convincentes, especialmente un final que culmina con el suicidio de la protagonista y que, aunque coherente con la lógica interna del montaje, puede generar división entre los espectadores. La producción, en cualquier caso, mantiene un alto nivel visual gracias también al vestuario de Lluc Castells y a la iluminación de Urs Schönebaum.

En el apartado vocal, Gregory Kunde volvió a demostrar por qué sigue siendo una figura de referencia en el repertorio italiano. A sus 72 años, el tenor estadounidense afronta el exigente papel de Calaf con una combinación admirable de experiencia, inteligencia musical y entrega escénica. Aunque en algunos momentos se percibieron señales de desgaste vocal, su interpretación fue creciendo en intensidad hasta alcanzar momentos de auténtica excelencia. La nobleza del fraseo, la seguridad en la zona aguda y su capacidad para dotar de significado cada palabra encontraron su culminación en un celebrado ‘Nessun dorma’, recibido con una ovación merecida. 

Ekaterina Semenchuk asumió el complejo reto de encarnar a Turandot desde una perspectiva poco habitual. La cantante rusa, habitual de Les Arts, aportó al personaje una marcada intensidad dramática y un apreciable trabajo expresivo. Su centro vocal conserva una belleza tímbrica indiscutible, cálida y rica en matices, aunque el papel exige una brillantez y una contundencia en el registro agudo que no siempre aparecieron con la misma naturalidad. Tras un inicio algo irregular, especialmente en ‘In questa reggia’, su interpretación ganó consistencia en la escena de los enigmas, donde logró transmitir la frialdad, la autoridad y el misterio de la princesa.

La gran triunfadora de la velada fue, sin duda, Carolina López Moreno. En su debut en Les Arts, la soprano ofreció una Liù de extraordinaria calidad vocal y profunda emoción dramática. Dueña de una voz “con carne”, aterciopelada y homogénea, afrontó con admirable solvencia todas las exigencias del papel, desde las largas líneas de canto hasta los delicados pianísimos que caracterizan sus momentos más íntimos. Su interpretación de ‘Signore, ascolta!’ y, especialmente, de ‘Tu, che di gel sei cinta’ constituyeron momentos conmovedores de la función. A ello se sumó una presencia escénica de gran intensidad que convirtió a su personaje en el auténtico corazón emocional del drama.

También destacó el sólido Timur de Liang Li, cuya voz de bajo bien proyectada y de emisión segura, aportó la autoridad necesaria al personaje. El trío de ministros formado por Pablo García-López, Mikeldi Atxalandabaso y Jan Antem resolvió con acierto una difícil combinación de comicidad y equilibrio teatral, evitando excesos caricaturescos y manteniendo siempre la musicalidad del conjunto. Josep Fadó cumplió con solvencia como Altoum, mientras que Agshin Khudaverdiyev aportó firmeza y presencia en sus intervenciones como Mandarín.

Con sus aciertos y algunas decisiones discutibles, especialmente en el plano escénico, la producción confirmó la vigencia de la última obra maestra de Puccini y confirmó por qué sigue siendo uno de los títulos más fascinantes y desafiantes del repertorio operístico. 

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