Pro Ópera

Adriana Mater en México

Septiembre 26, 2026. Como parte de las actividades del Festival CulturaUNAM, el escenario de la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario (CCU) albergó los pasados 26 y 27 de septiembre el estreno en México de Adriana Mater (2005), la segunda ópera de la referencial compositora finlandesa del siglo XXI Kaija Saariaho (1952-2023), con libreto del escritor franco-libanés Amin Maalouf. 

Tras su paso por la UNAM, esta producción continuará su itinerario con presentaciones los días 3 y 4 de octubre en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque y 7 y 8 del mismo mes en el Teatro Juárez de Guanajuato, las cuatro fechas en el marco de la edición 54 del Festival Internacional Cervantino.

La trama de Adriana Mater transcurre en un país desangrado por la violencia de una guerra contemporánea. Su protagonista es abusada por Tsargo —un hombre de su propia comunidad—, y queda embarazada, con el dilema de llevar el fruto de su abusador y de su propio cuerpo en el vientre. Adriana decide dar a luz a ese hijo concebido en medio del horror físico y social.

Años más tarde, Yonas se debate entre el amor maternal por Adriana y el temor punzante de que él sea la memoria viva de aquella violencia cometida por su padre y que continúa oprimiendo a su madre. Consciente de esos orígenes, el deseo de venganza y destrucción propia se apodera de su camino. El regreso de Tsargo, finalizada la contienda, desata el enfrentamiento inevitable entre el odio acumulado y la difícil posibilidad del perdón.

Para llevar a la cartelera este complejo andamiaje dramático, la ejecución musical corrió a cargo de la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata (OJUEM), en colaboración con el Estudio de Ópera de Bellas Artes (EOBA) del INBAL y el Coro Staccato, preparado por Marco Antonio Ugalde. Todos ellos bajo la eficaz concertación de José Areán, un director con reconocida destreza en los repertorios contemporáneos, en una propuesta escénica firmada por el argentino Marcelo Lombardero.

El cuadro de solistas, integrado por jóvenes talentos del EOBA, funcionó con elocuencia y capacidad. No se limitaron a ocupar el espacio escénico como parte de su formación profesional en desarrollo, sino que encarnaron con fuerza conmovedora las aristas de un drama que oscila entre la tragedia y la redención.

La mezzosoprano Mariana Sofía encarnó a una Adriana de voz firme y dinámica, capaz de transitar vocal y actoralmente desde el dolor de la víctima hasta el impulso latente de la venganza y el amor materno. Por su parte, la soprano Belén Marín ofreció un contrapunto de bello canto, que lidió de manera sensible y convincente con la culpa, la angustia y la nobleza de su papel como hermana y tía.

En un rol de exigencia neurótica, el tenor Osvaldo Martínez afrontó con solvencia el reto vocal de Yonas: un hijo desgarrado entre el reproche y el amor filial, consciente de ser al mismo tiempo el producto del agresor al que desea aniquilar. Yonas debe cargar con impotencia su deseo íntimo —y el de su madre—, frustrado por la fuerza ineludible de la sangre que no le permite acabar con su padre. 

En el extremo opuesto, el barítono Guillermo Montecino lució madurez actoral e interpretativa al dar vida a Tsargo. Su personaje dibuja arcos psicológicos perturbadores: es un victimario que perpetra la violación en un trastornado contexto bélico y personal, pero a la postre experimenta destellos de conciencia que rozan el arrepentimiento nihilista y el anhelo suicida, corroído además de forma física por la ceguera y el peso simbólico de su brutalidad.

La puesta en escena de Lombardero resaltó la naturaleza introspectiva de la obra. En Adriana Mater, la arquitectura lírica funciona como un tejido de reflexiones y densos diálogos con escasa acción externa, lo que reviste la atmósfera casi con la fachada de un oratorio. Para subrayarlo, la escenografía de Samuel Canales —reducida a un par de muros y una puerta movible— delimitó el interior y exterior de una vivienda opresiva, complementada por la iluminación de Karla Bleu y el trabajo de video de Giselle Hauscarriaga, elementos que aumentaron el tono sórdido y desesperanzador del entorno.

Además del maquillaje cotidiano y el vestuario callejero de Kristina Vázquez (tenis Adidas, Nike o Converse All Star), también resultó curiosa la disposición espacial del Coro Staccato, ubicado a los lados sobre unas gradas de inspiración dramática griega. La propuesta de Lombardero supo reservar la expansión de los horizontes visuales hacia el final de la obra, cuando la cuasi omnipresente gasa translúcida que proyectaba imágenes de guerra, gotas de lluvia sobre cristales y paisajes de desolación, finalmente da paso a una aurora de tregua y esperanza al fondo del escenario. Hacía allá se encaminan Adriana y su hijo. 

La partitura de Kaija Saariaho despliega una paleta sonora oscura, densa y armónicamente rica, que se corresponde con el drama bélico y psicológico. Sobresale la sección de percusiones —integrada por tam-tams, gongs, campanas tubulares, crótalos y diversos tambores—, al no cumplir una función solo rítmica, sino de personificación del miedo, la violencia y la destrucción que acarrea la guerra. La obra también emplea aspectos electrónicos con sutileza para añadir reverberación a las secuencias oníricas de Refka, así como para equilibrar de forma natural la proyección de los solistas.

Si bien el libreto de Maalouf acusa por momentos pasajes donde la trama parece rumiar y alargar o reiterar los sentimientos —lo que genera a la obra una sensación innecesaria de mayor extensión a pesar de rebasar apenas las dos horas de duración—, la riqueza orquestal de Saariaho compensa con creces esos repliegues de la historia. La textura instrumental actúa como espejo negro de la vulnerabilidad herida de los protagonistas, sin eximir los estallidos brutales que replican el oleaje oprobioso de un argumento tan doloroso como profundamente humano y actual.

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