Pro Ópera

Death in Venice en Brescia

Septiembre 27, 2026. La homosexualidad, por desgracia, sigue siendo un tema tabú. En las grandes ciudades no se percibe tanto, pero ni hablar de los pequeños pueblos, donde todavía resulta muy notoria. La relación amorosa entre el compositor Benjamin Britten y el tenor Peter Pears, por su parte, no era ningún secreto. La tenían tan normalizada que prácticamente las mejores ideas musicales de Britten las reservaba para la voz de tenor, pensando naturalmente en su compañero de vida para ejecutarlas.

Igualmente revolucionario y controvertido fue el hecho de que Britten incorporara temáticas sexuales en algunas de sus obras. Basta pensar en el incesto codificado o ligeramente sugerido en Peter Grimes, en la increíble admiración por la belleza del joven marinero Billy Budd en la ópera homónima, y ni qué decir de la escena explícita de una violación en The Rape of Lucretia. Pero en Death in Venice, estrenada en 1973, sin escenas de violencia o sexuales, curiosamente incomoda más al público por su temática: la atracción homosexual de un intelectual maduro hacia un adolescente puro y virginal.

Basada en la novela de Thomas Mann: Der Tod in Venedig (Muerte en Venecia), la ópera narra la historia introspectiva de Gustav von Aschenbach, un escritor que viaja a Venecia, donde experimenta una profunda transformación en su relación con la belleza, el deseo y la propia creación artística. Lo de menos aquí es la masculinidad de los protagonistas o la juventud del efebo Tadzio; lo esencial es la lucha psicológica de un artista en el epílogo de su vida. Entre los borradores de la obra, Britten llegó a considerar la idea de que Aschenbach alcanzara la consumación física con Tadzio, algo a lo que finalmente renunció y que, sin duda, incrementa la tensión dramática.

Es igualmente evidente lo que Britten refleja de sí mismo en Aschenbach, ya que este título es el último que compuso. Por ende, en esta especie de testamento, Britten encontró un indudable paralelismo entre su momento personal, marcado por una salud cada vez más frágil, y el destino de Aschenbach. Más personal aún resulta el hecho de que fuera el tenor Peter Pears, para cuya deteriorada voz fue escrito este personaje. Es importante subrayar que, para el Estado Británico, hasta 1967 Britten era un delincuente, pues la homosexualidad era un crimen; por lo tanto, resulta un tanto ingenuo pretender que este hecho no haya tenido impacto en su trabajo. El compromiso de Britten con esta ópera fue tal que llegó a posponer una imprescindible cirugía cardíaca hasta concluir la partitura, en marzo de 1973. Las complicaciones de la intervención y su larga convalecencia le impidieron asistir al estreno.

Un aplauso de pie merece quien haya decidido abrir la temporada de Ópera y Ballet 2026-2027 del Teatro Grande de Brescia precisamente con Death in Venice, que llega por primera vez al escenario bresciano en una producción coproducida por la asociación OperaLombardia y algunos teatros de la Emilia Romagna. Y más sonoro debe ser ese aplauso para quien haya designado al equipo creativo y escogido al elenco, que fue literalmente perfecto.

La propuesta firmada por Rodula Gaitanou es extraordinaria. Con un presupuesto no gigante, logra demostrar que no importa el budget cuando se saben explotar todos los recursos, pero sobre todo, cuando se priorizan el arte, la interpretación y el talento de los intérpretes. La regista griega confió a Takis el diseño de escenografía y vestuario. La propuesta visual es tan elemental como brillante: muestra un escenario oscuro y lúgubre, justo como la Venecia de Mann. Pocos elementos, como una silla, relojes, una silla de barbero, un escritorio de oficina o unos remos de góndola, afianzan la fuerza visual y sitúan la acción perfectamente donde se desea. Cada elemento es visualmente contrastante e importante, ni qué decir de los vestuarios, inspirados en la manera de vestir de comienzos del siglo pasado. En particular, los trajes de los caballeros y de Aschenbach, así como los trajes de baño de los chicos en la playa.

Como en toda escena contemporánea, se hizo uso de videoproyecciones, en las cuales las imágenes diseñadas por Dick Straker resaltaron sobremanera. Una mención aparte requiere el inteligentísimo diseño de iluminación de Fiammetta Baldiserri, quien concentró la atención en Tadzio con unas discretas luces que lo resaltaban respecto del resto de los jóvenes que lo circundaban, tal como Aschenbach lo hacía: destacándolo de entre los demás. 

Es evidente el trabajo en conjunto. Por ejemplo, el equipo resolvió la parte visual de los canales de Venecia con humo blanco por el suelo que, con el gran apoyo de la iluminación, creaba un claroscuro, mientras atrás las proyecciones hacían ver los canales en movimiento: una forma genial de trabajar en conjunto, entregando un resultado magistral. Se nota que Gaitanou trabajó mucho la parte histriónica con los cantantes, ya que cada movimiento y cada mirada estaban perfectamente justificados y resultaban reveladores para la trama.

Desde el podio, destacó la experta batuta de Daniel Smith, quien evidenció un conocimiento de la partitura fuera de lo común. Su lectura fue clara y nítida, de carácter expositivo, melancólico y analítico. Increíblemente familiarizado con el lenguaje de Britten, su dirección es clara, objetiva y rigurosa; especial atención puso en los matices y tempi. La ejecución del concertador australiano fue cercana a la perfección, y esto fue posible gracias a la destacada participación de la orquesta de I Pomeriggi Musicali, cuyos músicos, concentrados y atentos a los requerimientos de Smith, ofrecieron una versión decidida, dinámica y emotiva. Mención particular merecen las percusiones, que ayudaron a crear el lúgubre ambiente veneciano. El Coro OperaLombardia, preparado por Diego Maccagnola, se desempeñó con la máxima disciplina.

La ardua parte de Aschenbach —ya que la obra es casi un monólogo con interacciones de otros personajes— fue interpretada magistralmente por Toby Spence. La voz, perfectamente proyectada, es dúctil, grata al oído y posee un color idóneo para el rol. El tenor británico domina el estilo britteniano y presume de una perfecta pronunciación y articulación. Su interpretación está perfectamente calibrada y llena de matices; es desenvuelto y lleno de energía: un intérprete ideal para el protagonista. Construyó un Aschenbach elegante y humano, genial tanto en lo vocal como en lo actoral.

Igualmente convincente fue la interpretación de Dominic Sedgwick en la compleja y fatigosa tarea de asumir los siete roles que debe representar, desde el gondolero hasta el barbero, pasando por el director del hotel y la Voz de Dioniso. De voz sonora, amena y aterciopelada, la desenvoltura escénica del barítono británico es de elogiar, así como la incisividad de su voz y su capacidad para diferenciar los siete papeles, todos distintos entre sí. A esto se suma la caracterización física, que los hace verdaderamente inconfundibles.

Aunque de emisión un tanto destemplada y por momentos un poco calante, cumplidora fue la labor del contratenor Danilo Pastore como la Voz de Apolo. Dotado de un instrumento vocal generoso en potencia, su voz incisiva y clara se complementó con una bella caracterización en tonos dorados, como si se tratara de una escultura de oro. Aunque no habla, el rol de Tadzio es importantísimo y siempre es confiado a un bailarín joven. Fue loable el trabajo de Filippo Polli como el joven polaco, quien, junto a los demás bailarines, realizó una destacada participación dancística. Los movimientos de los demás bailarines, siempre elegantes e inocentes, encontraron en la coreografía de Mattia Agatiello una elegancia con la que captura la belleza esquiva de Tadzio ante los ojos de Aschenbach.

Merecen asimismo una mención los numerosos intérpretes encargados de los roles menores, cuya presencia, lejos de resultar meramente funcional, contribuyó a articular el complejo mosaico humano. Xin Zhang, como Hotel Porter, y Eugenio Maria Degiacomi, en los roles de Guide y English Clerk, resolvieron sus intervenciones con solvencia y naturalidad. Serena Pulpito, como Strawberry Seller y Danish Lady, aportó frescura, mientras que Dario Battaglia se desenvolvió con seguridad en sus tres papeles: Lido Boatman, Polish Father y Restaurant Waiter. 

Chiara La Porta, como Lace Seller y Russian Mother, e Ilaria Molinari, como Russian Nanny y Beggar Woman, ofrecieron caracterizaciones precisas y expresivas. Fabio Sabadini, en los papeles de Glass Maker y Strolling Player Boy, y Federica Cassetti, como French Girl y Strolling Player Girl, igualmente mostraron soltura. Chiara Torosani, como Newspaper Seller y French Mother, destacó por la claridad de sus intervenciones, mientras Marcello Zinzani, como Russian Father y Gondolier 2, y Renato Cadel, como Priest in St. Mark’s y German Father, aportaron presencia y consistencia al entramado escénico.

Marco Tomasoni, en los papeles de Ship’s Steward y Hotel Waiter, cumplió con eficacia, al igual que Davide Cucchetti y Jacopo Grenti,en sus respectivos cometidos como American 2/Gondolier 1 y American 1/Gondolier 3. Completaron el reparto Letizia Egaddi, como English Lady, e Isabella Di Pietro como German Mother.

Al final de la función, una gran ovación cubrió a todos los intérpretes, naturalmente más calurosa para Spence y Sedgwick, así como para Smith y su orquesta. Definitivamente, se trata de la mejor producción de OperaLombardia, al menos en el último lustro. Por ende, no queda más que desearle un gran éxito y aceptación en las siguientes funciones, que deben repetirse en Como, Pavia y Cremona.

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