Octubre 2, 2026. Esta crítica será mucho más corta que la anterior ya que solo se referirá a los cambios en los papeles, sin volver a incidir en lo dicho sobre la dirección de orquesta, la actuación de orquesta y coro, ni mucho menos de la puesta en escena que volvió a provocar reacciones contrarias.
Anna Pirozzi realizó, en el rol protagónico, una buena labor, muy buena incluso, pero no es su personalidad ni su timbre lo más adecuado para la princesa etíope. Sus piani fueron buenos pero cortos y menos que otras veces, pero obtuvo un gran aplauso y en particular al final de la función, muy concurrida.
Esto último se debía seguramente a que se presentaba por primera vez como Radamès el gran tenor Piotr Beczała en una actuación de ensueño por la variedad en el fraseo, la valentía en los agudos y la habilidad para mostrar con exquisitos filados (el final del aria, por ejemplo) el aspecto romántico del protagonista. Recibió auténticas ovaciones.
A su lado brilló del mismo modo, aunque el papel sea más corto y ofrezca menos posibilidades de lucimiento, el Amonasro de un sensacional y también aplaudidísimo Ludovic Tézier, con esos acentos capaz de combinar ira, severidad, amor paterno y exaltación patriótica (el dúo con Aida fue memorable).
La Amneris de Ksenia Dudnikova aportó mucha voz, quizás incluso demasiada en centro y grave, y con un agudo o corto o fuera de control, y muy convencional como intérprete. El bajo-barítono Giorgi Manoshvili fue un adecuado Ramfis, tal vez el más imponente de todos, aunque con alguna carencia en el registro grave. George Andguladze exhibió una voz importante pero destemplada como el Rey, y se comportaron del mismo modo que en anterior oportunidad la sacerdotisa de Carmen Buendía y el mensajero de Moisés Marín.


