Andrea Bocelli: Because I Believe

El fenómeno que representa el tenor italiano Andrea Bocelli siempre ha sido terreno movedizo para la crítica especializada, tanto como para sus colegas del ambiente musical clásico. 

Mientras los puristas de la lírica afilan los cuchillos ante su técnica de micrófono y una emisión peculiar, el público global ha hecho de él un icono cuya relevancia comanda diversas estadísticas de ventas y popularidad, vertientes abordadas en Andrea Bocelli: Because I Believe, película documental dirigida por la cineasta angloitaliana Cosima Spender, estrenada en festivales durante 2024, y llegada a salas de cine y en renta en plataformas de streaming*en la recta final de 2025.

Más que una biografía convencional, con fotografía de Francesco di Pierro y edición de Manuela Lupini y Valerio Bonelli, el documental de Spender es un retrato íntimo y a la vez monumental de una propuesta mediática y cultural que divide opiniones como pocas en la lírica. Y no solo celebra una exitosa carrera vocal, sino que revela aspectos humanos detrás de la fama de Andrea Bocelli, nacido en el pueblo de Lajatico, en el corazón de la Toscana, el 22 de septiembre de 1958, y cuya voz cálida y expresiva ha vendido más de 90 millones de discos, lo que —guste más o menos— permite hablar de una personalidad operística con naturaleza pop, que ha logrado llegar a un público masivo sin precedentes.

Spender logra algo complejo: un documental biográfico que fluye con la esplendorosa naturalidad de la campiña Toscana, que rodea la casa familiar del protagonista. A través de la lente de Francesco di Pierro, la película aleja al espectador de los reflectores de los escenarios o del hierático discurso del arte, para mostrarle a un Bocelli cotidiano. Se le ve, por ejemplo, ensillando un caballo en el que sale a dar un paseo por hermosos olivares y viñedos —ese lado ecuestre es de sus mayores pasiones— o pedaleando en bicicleta, guiado apenas por el hombro de su actual esposa y mánager Verónica Berti.

Estas imágenes no son meros rellenos estéticos, sino la declaración de principios de un hombre que se niega a vivir bajo la condescendencia de su ceguera. Cosima Spender explora con crudeza el balonazo del destino que, a los 12 años, apagó su resto visual (Bocelli padecía de glaucoma congénito, por lo que había sido enviado a un internado para niños con problemas visuales), pero también subraya la fortaleza generada por una madre que nunca le permitió victimizarse.

También hay escenas significativas de cocina. Uno de los momentos más entrañables es la comida que Andrea Bocelli comparte con sus amigos de toda la vida. No son solo comensales; son personajes añosos —como él mismo—, que, según el propio tenor, le enseñaron a palpar el mundo. En esa mesa, mientras el cantante sazona los platillos, se percibe que su seguridad no viene de los aplausos, sino de esos vínculos que lo mantuvieron anclado cuando la oscuridad total llegó a sus ojos.

Aunque Andrea Bocelli: Because I Believe no enfoca el primer matrimonio del tenor con Enrica Cenzatti, ni los dos hijos que nacieron de esa relación —Amós y Matteo—, sí explora su cercanía paterna con su pequeña hija Virginia, o la interacción, directa y firme, con su esposa Verónica, 25 años menor que él.

Pero los vasos comunicantes del documental son los momentos backstage de tres conciertos masivos, que sirven de ejes narrativos: uno en las Termas de Caracalla, otro en el Madison Square Garden y el tercero en el Teatro del Silenzio, ese anfiteatro natural en Lajatico que solo abre una vez al año para recibir a Bocelli y sus amigos, en noches muy típicas de la espléndida Toscana italiana.

La estructura funcional de la película combina con equilibrio lo íntimo con lo mediático. El amor de Andrea Bocelli por la ópera, por ejemplo, que nació cuando su nana le obsequió un disco del egregio tenor Franco Corelli —quien años después sería su maestro en una masterclass—, o el camino de búsqueda que lo llevó del desprecio por el pop al descubrimiento de que podía disfrutar ambos mundos. “La ópera es mi corazón; el pop mis piernas”, dice él mismo.

Cosima Spender documenta con precisión que su camino no fue una línea recta hacia la gloria. Antes de los estadios y las presentaciones masivas, estuvieron los bares, donde Bocelli combinaba géneros para sobrevivir, una etapa de búsqueda técnica y de oportunidades artísticas que parecían no llegar. 

El punto de inflexión fue ‘Miserere’, la obra de Zucchero Fornaciari. El compositor, con el dolor de un recién divorciado y con intención de mostrar su canción a Luciano Pavarotti, grabó una maqueta con Bocelli, a quien acababa de escuchar en un estudio de grabación. Cuando Pavarotti escuchó esa versión, le dijo a Zucchero: “Si ya tienes a este tenor, no me necesitas a mí”. El elogio se convirtió en profecía. 

Aunque Pavarotti grabó ‘Miserere’ y participó al lado de Zucchero en un par de conciertos, su agenda le impedía emprender una gira con el reconocido cantautor. Bocelli, entonces, se convirtió en la opción obvia para realizarla. 

Zucchero también impulsó al tenor para que apareciera en el Festival de San Remo 1995, donde ‘Con te partirò’ catapultó al cantante. Casi de inmediato, llegó un capítulo anecdótico e improbable: la invitación para cantar en una pelea de box en Alemania. En un ambiente que parecía extraído de un guion de Hollywood, el campeón Henri Maske perdió su cinturón y anunció su doloroso retiro. Entre la decepción del público germano, surgió la voz de Bocelli junto a Sarah Brightman interpretando ‘Time to Say Goodbye’ (la versión en inglés). El éxito fue un estallido mundial inmediato que lo catapultó a las listas de popularidad de música clásica, vendiendo más de diez millones de copias y recibiendo numerosas invitaciones para presentarse en escenarios internacionales.

La mezzosoprano Denyce Graves, con quien Andrea Bocelli protagonizó en 1999 Werther de Jules Massenet en Detroit, Michigan, en lo que fue su debut en una puesta en escena completa, aborda en el documental el elefante en la habitación: el rechazo de la élite. 

Graves es sincera e implacable al señalar que el mundo de la lírica lo que no le perdona a Bocelli no es su técnica o las particularidades de su timbre, sino su éxito. “Sabía que mucha gente que admiraba a Bocelli iba a disfrutarlo en una ópera completa. Pero también esperaba que el público, la crítica y los colegas del ámbito musical y operístico iban a destrozarlo. Más allá de los aspectos técnicos, lo que no iban a perdonar a Bocelli era su éxito, su fama”. Para muchos colegas, dice la cantante, la fama de Andrea es el recordatorio de un reconocimiento que ellos, a pesar de sus dotes técnicas y lo hermoso que cantan, nunca alcanzarán.

Esa tensión se resuelve en pantalla con sencillez desarmante. El espectador ve a un Bocelli que, en el backstage de su concierto en las Termas de Caracalla, sufre en las pausas por la final de la Champions League 2023, transmitida por radio, en la que su equipo favorito, el Inter de Milán, perdió contra el Manchester City, mostrando una humanidad lejana a cualquier divismo. 

Spender dosifica con inteligencia las personalidades que aparecen en entrevista, en fotos o videos de archivo para apuntalar la figura de Bocelli, desde referencias de la política y la religión, hasta irrefutables voces como la de Luciano Pavarotti, emocionado hasta las lágrimas al desmenuzar la voz de Bocelli: “Cambien de cámara, porque me estoy emocionando”, o figuras mediáticas de la cultura pop como Ed Sheeran, Loren Allred o el propio Zucchero Fornaciari, además de Sarah Brightman.

El documental de 107 minutos de duración, sin embargo, no teme mostrar miedos vocales y escénicos, ansiedades por el peso de la fama o las claras marcas del tiempo. Si bien la voz de Bocelli hoy presenta un trémolo que delata los años, su vigencia se sostiene en un mecanismo de legitimación brillante: la conexión con las nuevas generaciones. Al colaborar con figuras como Aída Garifúllina, Karol G, Nicki Nicole, Céline Dion, Jennifer López o Dua Lipa, es claro que Andrea Bocelli no busca solo ventas, sino mantenerse como un puente vivo con los nuevos públicos.

Andrea Bocelli: Because I Believe no es un infomercial ni una hagiografía. Muestra a un hombre auténtico, que sabe que su voz ya no suena fresca, pero cuyo carisma y honestidad siguen intactos. Spender no lo santifica ni lo condena; lo muestra tal cual es, como un artista que parece con los pies en la tierra. 

“Hace 35 años, en las Termas de Caracalla cantaron los Tres Tenores, de los más grandes de la historia: José Carreras, Luciano Pavarotti y Plácido Domingo”, le cuenta Bocelli a su hija Virginia. “Antes, en el Madison Square Garden se presentaban figuras como Frank Sinatra o Elvis Presley, que son de las figuras más famosas de la música. Ahora tienen que conformarse conmigo.” ¿Quién puede negar que esa sinceridad humana y artística es una nota muy alta y sostenida?

*Andrea Bocelli: Because I Believe puede verse en renta en Apple TV, Amazon Prime video, YouTube y Google Play Películas. 

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