Billy Budd en Lyon

Marzo 23, 2026. El festival de primavera en la bella ciudad de orígenes galos lleva este año por título “apostar por la belleza” y presenta dos óperas fuertemente opuestas. La primera es ésta, una de las obras maestras de Benjamin Britten en su versión definitiva en dos actos, que ha tenido no solo una repercusión extraordinaria (público atentísimo, mucha gente joven, un silencio extraordinario), sino un nivel de realización óptimo. No es novedad aquí ya que recuerdo, hace años, un ciclo Janácek más que notable.

Obra difícil desde todo punto de vista, no es en absoluto menor el aspecto visual. Una obra que transcurre en un barco, con solo marineros y oficiales, puede resultar monótona e incluso aburrida durante casi dos horas y media. El director general y artístico del Teatro, Richard Brunel, fue el artífice de un espectáculo que tuvo cuenta tanto de los movimientos, incluido un intento frustrado de ataque a un navío francés (como se sabe, la obra de Herman Melville en que se basa transcurre durante las guerras napoleónicas), como de las relaciones entre los personajes y las peculiaridades de los mismos. Esenciales y apropiadísimos decorados y vestuarios. Falto de fuerza solo el momento del asesinato de Claggart.

Orquesta y coro (excelente; preparado por Benedict Kearns) se mostraron en extraordinaria forma y la labor del joven y talentoso Finnegan Downie Dear dio el tono exacto y solo en algún momento predominó sobre las voces en el escenario.

Del nutrido reparto, cabe destacar, dentro de la tripulación, al novicio atemorizado y delator de William Morgan, el veterano y compasivo Dansker de Scott Wilde, el severo pero justo Mr. Flint de Rafal Pawnuk y el rebelde Whiskers de Oliver Johnston.

Obra de veras “coral”, donde todos tienen importancia y dan lo mejor que tienen, fue evidente la compenetración y el extraordinario trabajo en equipo, que involucró también a los figurantes y al coro de niños (dirigido por Clément Brun), pero esto no impide tener en especial consideración a los tres roles principales.

El capitán Vere abre y cierra la obra con sus recuerdos y conclusiones del episodio, su “sabiduría” de hombre mayor y su amargura por haber hecho lo que debía sin haber podido salvar a Billy de la horca. La obra deja planear la duda de si realmente las normas nunca tienen excepción, aunque deban existir, sobre todo si son empleadas de modo torcido. El tenor Paul Appleby, a quien había oído en roles más ligeros, hizo una muy buena composición vocal y escénica del personaje. 

El tremendo Claggart, un verdadero espíritu del mal al que Britten caracteriza con notas del Inquisidor verdiano, es un papel importantísimo que el bajo-barítono Derek Welton aprovechó en todas sus posibilidades (algún grave poco sonoro no importó).

El protagonista de Sean Michael Plumb, un Billy rozagante, sumamente jovial y positivo, se creció en la desgracia y su gran escena final —musicalmente una joya— fue tan impresionante como debe. Los aplausos y expresiones de admiración fueron merecidamente intensos al final del espectáculo. Como para dar un mentís a los que siguen diciendo que la ópera es un arte perimido que apenas interesa.

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