Marzo 29, 2026. Una nueva ópera siempre es buena noticia. Más si el compositor es un joven de 26 años ya con una producción notable en su haber. Las dos funciones programadas presentaron una muy buena entrada de público y un éxito notable.El tema fue —nada menos— que la relación “compleja” que se estableció entre Pier Paolo Pasolini y Maria Callas en 1969 cuando se encontraron para filmar Medea.
El libreto de Alberto Mattioli recurrió al material de la época al no poder disponer del epistolario entre los dos personajes y presenta una serie de momentos diversos de la relación hasta la soledad final de ambos que permite evocar las respectivas muertes (se ha cumplido el medio siglo de la de él el año pasado y se cumplirá el de ella el año próximo). Intervienen asimismo “el Muchacho” en una clara alusión a la pasión que Pasolini sintiera por uno de sus actores fetiche, Ninetto Davoli, y “la Madre” que tal vez presenta a una Susanna Pasolini algo más pequeñoburguesa que lo que se acostumbra pensar de ella.
La partitura de Davide Tramontano responde bien a las incitaciones del libreto en un espectáculo en dos actos con un intermezzo, pero sin pausa alguna, con una duración de una hora y quince minutos, aproximadamente. El primer punto a favor es, pues, el de la brevedad y la síntesis.
El compositor demuestra un excelente dominio de la orquesta con preferencia por la percusión, que completa o comenta el texto. En el aspecto vocal destaca una escritura que permite la comprensión de la palabra, elemento sumamente importante en cualquier caso y más en este. Tal vez falte una dimensión o una distensión lírica, ya que la mayor parte de los momentos son de duda o angustia, pero los pocos destellos de felicidad se sitúan siempre en la línea declamatoria o atormentada, y en consecuencia no hay una melodía ni siquiera interrumpida (salvo cuando se evoca el dúo del primer acto de Lucia di Lammermoor).
El espectáculo de Davide Livermore es notable en la dirección de actores y los movimientos y despliega fotos de los protagonistas y de las páginas de prensa que se les dedicaron en su momento. La doble de Callas es muy eficaz, pero hay demasiados Pasolini.
Los protagonistas de Carmela Remigio y Bruno Taddia denotan estudio profundo, reflexión e identificación (no intento de reproducción) de los dos famosos, y un canto apropiado y lleno de matices como corresponde al nivel de estos artistas.
Didier Peri, casi irreconocible por su caracterización como el Muchacho, deja una óptima impresión por su composición e incluso por las inflexiones del dialecto romano.
Caterina Meldolesi hace una Madre exuberante y vocalmente poderosa, y los figurantes cumplen.
La Orquesta Filarmónica Italiana también ha hecho una preparación seria y siguen muy atentamente las indicaciones de Enrico Lombardi, que no pierde detalle y da indicaciones exactas, y sobre todo no cubre una sola vez a las voces.


