Don Giovanni en Madrid 

Diciembre 28, 2020. Como en todas partes, los países que tienen más de un teatro de ópera no se preocupan por coordinar sus títulos, apenas pasada una producción del Don Giovanni mozartiano en Barcelona llegó este otro a Madrid, y para colmo con el mismo protagonista.

El Teatro Real, como asimismo el de Valencia, se han demostrado hasta el momento como un baluarte del género lírico, ya que desde el verano no han interrumpido ni total ni parcialmente su actividad, que es algo —problemas políticos aparte— que es acreedor del mayor elogio. También el hecho no menor de mantener el programa de papel, que siempre es útil pero particularmente necesario para tantos espectadores que no están familiarizados con su lectura en la pantalla de un ordenador o un celular.

El espectáculo es el mismo que se dio por primera vez hace años en Salzburgo y luego en Berlín y por lo que a mí respecta no es entre lo mejor del inteligente pero tantas veces arbitrario Claus Guth. Aquí nos trasladamos a un bosque que, como escena única, no siempre funciona (casi nunca), y obliga a buscar soluciones forzadas e infelices (Donna Elvira, que canta su aria de entrada esperando el autobús en medio de la vegetación, el catálogo de Leporello convertido en los horarios del mencionado bus que nunca pasa (otros se desplazan en coche, quizá porque son de clase superior, lo que en el caso de Elvira no es cierto), por no hablar de la posición en que los artistas deben cantar en equilibrio inestable o en postura más bien incómoda (bravo por ellos que consiguieron no perder pie nunca). Es interesante, en cambio, el hecho de que Don Ottavio tenga una personalidad definida (a costa probablemente de suprimir ‘Il mio tesoro’). La iluminación es más bien siniestra y el vestuario para todos los gustos.

En la parte musical, que puede considerarse en conjunto buena, me sorprendió que Ivor Bolton, generalmente muy adecuado para este repertorio, no fuera el factor positivo que me esperaba: la orquesta sonó bien y el coro (preparado como siempre por Andrés Máspero) cumplió con eficacia su deber, con mascarillas en una producción donde no había en absoluto distancia de seguridad, ni, menos, mascarillas…

Entre los intérpretes destacó claramente Erwin Schrott (esta vez como Leporello), absolutamente cómodo en su papel (siempre con una visión y versión particular de los recitativos, con la que no es siempre fácil congeniar, pero que es legítima y al público le gusta) y con una voz aun más redonda y sonora en el registro grave sin menoscabo de los otros. De su capacidad como actor ya no hace falta hablar. Christopher Maltman fue un protagonista muy distinto del que se vio en Barcelona (un herido de muerte que consigue llegar hasta el final a fuerza de drogas y bebidas variadas), que personalmente considero que le caía mejor a una figura y un canto sin duda de primera calidad pero algo madura la primera y bueno, pero a veces opaco, el segundo. El Comendador de Tobias Kehrer podría ser ideal si evitara, como casi todos los bajos de origen y repertorio predominantemente alemán, una emisión que conviene más a Wagner que a Mozart. Mauro Peter es siempre un tenor distinguido, de timbre oscuro para la parte, pero óptimo estilista e intérprete. Para terminar con los caballeros, bueno sin más el Masetto de Krysztof Baczyk.

Entre las damas hay que citar en primer término, por vocalidad y actuación brillantes y totalmente adecuadas al papel, a la Zerlina de Louise Alder. Annett Fritsch es una soprano que nunca me ha interesado mayormente, pero hay que decir que esta Elvira le ha permitido mostrarse con luz más favorable, e incluso sus agudos metálicos y a veces estridentes aparecieron con menos frecuencia o, en todo caso, parecían convenir a la índole del personaje. Brenda Rae es una soprano de coloratura muy capaz, pero de color y canto más bien desteñidos. Sus agilidades (excluyamos los trinos) y los agudos estaban en su sitio, pero el centro y el grave fueron insuficientes, y la intérprete fue la menos interesante de todo el reparto (aparte del hecho de que para el director de escena se trata de una típica santurrona que se desvive por acostarse con Don Giovanni y a quien Don Ottavio le importa un ardite, pero desea a toda costa mantener su fama de “casta y pura”).

Como sucedió en Barcelona, el concertante final se suprimió. No tengo nada en contra de tal solución, que probablemente es incluso más dramática y eficaz teatralmente, pero cuando se convierte en moda para mí la cosa cambia de color. Mucho público (dentro del posible con las normas de seguridad), y muy satisfecho, pero pocos aplausos durante la función y al final, para lo que es normal en este Teatro en tiempos “normales”. Permanecer tres o más horas con la dichosa mascarilla y hacia el final de la función clavar los ojos en el reloj por el toque de queda no facilitó las cosas.

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