El castillo de Barbazul y Erwartung en Toronto

Mayo 8, 2026. Con más de tres décadas de servicio, la célebre producción de Robert Lepage, que reúne en un programa doble los títulos A kékszakállú herceg vára (El castillo de Barba Azul, 1918) de Béla Bartók y Erwartung (La espera, 1924) de Arnold Schoenberg, volvió a la escena de la Canadian Opera Company, demostrando una vez más que conserva intacta su extraordinaria capacidad de fascinación. 

Compuestas en plena efervescencia del modernismo centroeuropeo, ambas óperas revelan la poderosa influencia del pensamiento freudiano sobre la creación artística de comienzos del siglo XX. Profundamente introspectivas, sitúan su núcleo dramático en el universo interior de sus protagonistas, haciendo de la angustia, el subconsciente y los conflictos de la psique el verdadero motor de la acción, afinidades que explican su frecuente asociación en un mismo programa. 

Partiendo de la idea de concebir ambas óperas como una experiencia psicológica —dos viajes complementarios al interior de la mente humana—, Lepage, quien con este trabajo realizó su primera incursión en terreno operístico, ofreció un espectáculo minimalista, profundamente evocador, surrealista sin perder nunca claridad narrativa y de admirable equilibrio entre lo visual y lo musical. No hay aquí violencia explícita, pero sí una perturbadora sensación de amenaza latente que se mantiene constante durante todo el espectáculo. 

Con un ritmo casi cinematográfico, la acción se desarrolló en un mismo espacio escénico ideado por el talentoso Michael Levine: dos grandes muros móviles que generaron espacios cambiantes, perforados por aberturas por las que emergieron personajes y objetos, delimitando y transformando constantemente el sitio donde se desarrolló la acción. Una decisiva contribución al resultado final vino de la mano del tratamiento lumínico de Robert Thomson, quien convirtió la luz en un auténtico elemento narrativo, sugiriendo con extraordinaria imaginación tanto las siete puertas del castillo de Barbazul como los torrentes de lágrimas o de sangre que lo inundaron, por citar solo algunos ejemplos. 

En el plano musical, la labor de Johannes Debus —quien demostró un minucioso conocimiento y afinidad con ambas partituras— fue determinante para el éxito de la presentación. Al frente de la orquesta de la casa, el director alemán desplegó toda la riqueza tímbrica y expresiva de dos partituras particularmente complejas, con una lectura de enorme intensidad orquestal, cargada de tensión y refinamiento, y sin perder nunca el control del equilibrio entre el foso y las voces.

En el apartado vocal, el elenco respondió con notable nivel de calidad. Como el atormentado y enigmático Barbazul, el bajo-barítono americano Christian Van Horn dominó la escena con una interpretación de gran autoridad dramática y una voz cálida, poderosa y de hermoso esmalte, capaz de transmitir tanto la amenaza como la vulnerabilidad de su personaje. Frente a él, la mezzosoprano escocesa Karen Cargill compuso una Judith de gran solidez vocal y fuerte compromiso expresivo, resolviendo con admirable seguridad las exigencias de una escritura vocal particularmente comprometida. 

Completando el tríptico protagonista, la soprano alemana Anna Gabler dejó una magnífica impresión en su debut con la compañía: dueña de una voz lírico-dramática amplia y acerada, asumió con entrega absoluta las enormes demandas de la implacable escritura de Erwartung, construyendo un retrato muy convincente de esa mujer atrapada en el laberinto de su propia mente. La sostenida y calurosa ovación al término de la representación confirmó lo que se había percibido durante toda la velada: que esta producción sigue siendo un referente artístico y un triunfo incontestable. Un espectáculo imprescindible que permitió a la Canadian Opera Company sumar un nuevo éxito a una temporada de notable nivel.

Anna Gabler en Erwartung de Arnold Schoenberg © Michael Cooper
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