Julio 9, 2026. La temporada lírica del Gran Teatre del Liceu terminó en medio de una ola de calor con una nueva reposición de la última ópera de Giuseppe Verdi en la visión —compartida con Bruselas y Nápoles— de Laurent Pelly, coautor también de espléndido vestuario que gana con el tiempo, como los buenos vinos. Me repetiré entonces: el célebre director de escena francés “firma un espectáculo más inclinado al aspecto humorístico y cínico, pero lo hace bien, aunque desplace la acción (por los decorados y trajes) a principios del siglo XX. Caracteriza muy bien a los personajes” que dependen de los intérpretes para su completa realización.
Repetiré así que la Mrs. Quickly de Daniela Barcellona estuvo “desternillante sin vulgaridad y con un buen grave, aunque tal vez prudente en exceso en su canto.” Añadiré que ha profundizado en su interpretación y sus dos escenas con el protagonista, en particular la primera, fueron desopilantes.
El protagonista de Luca Salsi, pese a algún momento hablado, fue de gran relieve vocal y muy simpático. Probablemente con el paso del tiempo su tercer acto resulte igualmente encomiable. Lucas Maechem, único Ford en todas las funciones por defección de Igor Golovatenko, es un profesional sólido, aunque mejor como actor que como cantante, ya que —salvo un buen agudo— sus otros registros son menos interesantes, y en cuanto a intención de fraseo resultó monótono.
Menos este último detalle, por fortuna, comparte el resto con Alice, su esposa en la ficción, Carolina López Moreno, muy vivaz pero casi ininteligible debido a un centro y grave opacos que se contraponen a un excelente registro agudo. Serena Sáenz nos dio una muy buena Nannetta en todos los aspectos, con unas deliciosas notas filadas y algún sobreagudo en la canción de la reina de las hadas. Santiago Ballerini fue su Fenton, y aunque la voz pareció menos flexible que en otras ocasiones, sirvió bien al personaje al que dio una simpatía y juventud adecuadas.
Gemma Coma-Alabert hizo una muy eficaz Meg, muy presente, y lo mismo puede decirse del Dr. Cajus muy bien cantado y actuado por Josep Fadó, mientras que Alessio Cacciamani puso toda su energía y considerables medios al servicio de Pistola. Notable fue el Bardolfo de Pablo García-López, no tanto por una voz no en sí misma memorable, sino por una actuación desbordante, en algún momento (el primer cuadro) puede que un tanto excesiva.
Resultó más que buena la no muy larga intervención del coro, preparado por Pablo Assante. La orquesta sonó bien, y bien preparada, en la que fue la última actuación como su director musical de Josep Pons, tras 14 años. No es un director “verdiano”, pero destacó por la claridad aunque, como en otras ocasiones, hubo un exceso de volumen en algunas secciones, y, como pasa muchas veces, fue difícil ese tipo especial de risa/sonrisa agridulce de la sabiduría verdiana. La sala estaba llena, pero no hasta los topes, y hubo algunas risas, y grandes aplausos al final para todos.


