Octubre 2 y 7, 2026. Para la apertura de la presente temporada, la Canadian Opera Company no ha querido asumir riesgos y ha apostado por la popular y convocante ópera La traviata, de Giuseppe Verdi, con un excelente reparto vocal y en la producción de éxito asegurado de la directora estadounidense Arin Arbus.
Vocalmente, tanto el elenco titular como el alternativo mostraron excepcional nivel. En su debut en la casa, la soprano estadounidense Kathryn Lewek se alzó con un gran y merecido triunfo. Con una voz de lírico-coloratura aterciopelada y luminosa, ágil y de agudos fáciles, ofreció una interpretación de referencia de Violetta Valery. Destacó especialmente en su primera aria, ‘È strano!… Ah, fors’è lui’, y en la cabaletta ‘Sempre libera’, donde deslumbró por su agilidad y capacidad para el canto ornamentado, coronando la interpretación con un sobreagudo final de acero. En la escena fue una intérprete muy entregada en la composición de su personaje.
Alternándose en el papel, la soprano canadiense Andriana Chuchman no se quedó atrás. Con una voz más de lírico pleno, supo salir airosa de las coloraturas del primer acto, demostrando mucha solvencia técnica. Superadas estas exigencias, su caracterización ganó en profundidad a partir del segundo acto, donde encontró un terreno más fértil donde lucir un canto de rico lirismo, homogéneo, de centro consistente y de línea de canto inmaculada. Su nítido fraseo y su expresividad, matizada con acentos dramáticos, le permitieron asumir un protagonismo creciente, construyendo un último acto conmovedor, con un ‘Addio, del passato’ cargado de emoción y vulnerabilidad.
En lo que a los tenores respecta, el chino Long Long concibió un Alfredo Germont de notable rango, con una voz lírica de gran calidad, mórbida, de buena extensión y gran facilidad en sus ataques en la zona aguda. En lo interpretativo resultó menos efectivo, con un canto que, aunque matizado y cargado de acentos, fue avaro de expresividad, resultando un tanto frio y distante.
Por el contrario, el Alfredo del ascendente tenor estadounidense Luke Norwell fue todo fuego y ardor y resultó una auténtica revelación en su debut en la casa. Su retrato del joven enamorado, exultante de juventud y entusiasmo, se apoyó en una voz de tenor lírico-spinto fresca, lozana y cálida, de timbre atractivo, amplia extensión y gran homogeneidad, particularmente rica y brillante en los agudos. Brilló en el aria ‘De’ miei bollenti spiriti’, donde destacó por la elegancia de su línea vocal, así como en la cabaletta ‘O mio rimorso!’, a la que imprimió un ímpetu juvenil arrollador. Un nombre para seguir de cerca.
Todo un deleite para los oídos resultó el severo Giorgio Germont del barítono canadiense Russell Braun quien, a pesar del paso del tiempo, conserva aun la belleza vocal de antaño y su notable poder de comunicación. Su voz homogénea, ahora más oscura y con un ligero vibrato, resultó ideal para dotar de madurez y autoridad al padre de Alfredo. Intérprete inteligente y sensible, Braun destacó asimismo por la nobleza de su fraseo, la riqueza de matices y la precisión de unos acentos siempre adecuados a los distintos estados de ánimo del personaje. Su interpretación de ‘Di Provenza il mar, il suol’ fue un dechado de elegancia y musicalidad, y uno de los mejores momentos vocales de la representación.
En el mismo papel, constituyó una grata sorpresa el debut del barítono estadounidense Reginald Smith Jr., quien aportó una voz de gran riqueza tímbrica, con sonoridades próximas a las del bajo-barítono, extraordinaria potencia y proyección. Su dominio técnico le permitió doblegar su enorme e importante voz ofreciendo un canto dúctil, de impecable línea y notable expresividad. En escena, se impuso por su presencia poderosa y cargada de autoridad. Un intérprete de prometedor futuro al que convendrá seguir de cerca.
Todos los roles secundarios fueron asumidos con gran decoro por cantantes locales, entre los que sobresalieron con luz propia la Annina de Emma Pennell, de notable calidad vocal; la Flora Bervoix de Ariana Maubach, de bellísimo timbre; el barón Douphol de Peter Barrett, de voz firme y bien proyectada, y el Gastone de Owen McCausland, de eficaz desempeño. El coro de la casa ofreció un altísimo nivel vocal en todas sus intervenciones, bajo la atenta dirección de Sandra Horst.
Al frente de la orquesta de la casa, el director italiano Paolo Carignani ofreció con pulso firme una lectura siempre controlada, contrastante y perfectamente concertada, fiel al estilo verdiano. Los preludios, conducidos con un sinnúmero de detalles y exquisito buen gusto, constituyeron una de las cimas de una dirección musical de altísimo vuelo.

Escena de la producción de Arin Arbus de La traviata en Toronto © Michael Cooper
La visualmente atractiva producción escénica de Arin Arbus, directora estadounidense reconocida por sus puestas en escena de Shakespeare y su trabajo en el teatro contemporáneo, es de esas propuestas que se toman o se dejan. Estrenada por la Canadian Opera Company de Toronto en octubre de 2015, en coproducción con la Lyric Opera de Chicago y la Houston Grand Opera, ha recorrido con notable éxito los escenarios norteamericanos.
Pese a ciertas licencias, se trata de una propuesta de concepción muy tradicional, que permite al público más conservador disfrutar de la obra sin grandes sobresaltos. Arbus sitúa la acción en el París de mediados del siglo XIX, respetando el marco histórico de la ópera, pero incorpora una mirada marcadamente feminista que pone de relieve la hipocresía de una sociedad dispuesta a aceptar a Violetta como objeto de placer, pero no como una mujer capaz de decidir sobre su propio futuro.
Entre los principales aciertos de la producción destacan la contundencia con que plasma la contradicción entre el esplendor exterior y la soledad interior de la protagonista, la atención a los detalles y el cuidado con que se refleja la evolución psicológica de Violetta. Arbus no pretende imponer a la obra una lectura ajena a su esencia, sino que deja que la dimensión trágica emerja de la propia partitura y del libreto de Francesco Maria Piave.
La escenografía de Riccardo Hernández y el vestuario de Cait O’Connor convirtieron la fiesta en casa de Flora del primer acto en una suerte de cuento de hadas multicolor. Los invitados deambulaban alrededor de una mesa repleta de dulces que evocaban tanto las creaciones de la neoyorquina Magnolia Bakery como la casa de la bruja de Hänsel und Gretel, mientras lucían pelucas decadentes, al estilo de María Antonieta, coronadas por enormes flores y extravagantes adornos capilares.
La primera escena del segundo acto contrastó por su extremo minimalismo, antes de dar paso, en la fiesta de Flora, a una auténtica bacanal cromática. Allí, la estética del Segundo Imperio se mezclaba con toques modernos de deliberada decadencia, entre esqueletos de toros, matadores y gitanas de aspecto andrógino. Para el último acto, la escena volvía a despojarse de casi todos sus elementos, dejando a la protagonista sola ante el final de sus días.
El resultado fue un pastiche de estéticas atractivas por separado y coherentes consigo mismas, pero cuya convivencia no siempre resultaba convincente. La sucesión de universos visuales tan diferentes entre sí, lejos de enriquecer la lectura dramática, terminó por dispersar la atención y restó intensidad a la tragedia original.
Dos aspectos importantes a destacar: el minucioso trabajo de Arbus en la marcación escénica de los solistas y las masas corales, que puso de manifiesto su profundo conocimiento teatral y su buen gusto, y el estudiadísimo tratamiento lumínico de Marcus Doshi, que contribuyó a realzar la propuesta visual de la ópera.
Al finalizar la representación, el público ovacionó a todos los intérpretes y celebró el comienzo de una nueva temporada de la compañía, con sede en Toronto, que este año conmemora el vigésimo aniversario de la inauguración de su teatro, el Four Seasons Centre for the Performing Arts.


