Octubre 8, 2026. Ha sido —en mi ya larga vida de frecuentador del teatro lírico— la primera vez que he podido ver una representación de esta ópera que, según dicen, Verdi definió en una conversación como “proprio brutta” (de veras fea).
Lo que tiene que hacer un Festival consagrado a un autor es ocuparse de revisar todo su legado, el más preciado, el más conocido, y también el menos y mal conocido. No siempre las etiquetas se ajustan o son justas, pero yo diría que el destino de Alzira parecería estar abocado a eso: solo apta para unas funciones de vez en cuando con algún motivo especial.
Tampoco es “de veras fea”: simplemente nada hay en ella de memorable. Las dos últimas escenas son realmente buenas, pero el drama languidece todo el tiempo (raro en el autor, aunque en su primera colaboración con Salvadore Cammarano, célebre en ese momento, aceptara todo sin rechistar, muy en contra de sus principios y su modo de trabajar). Cammarano extrajo de la obra homónima de Voltaire un buen libreto, casi sin crítica por razones bien atendibles (la ópera se estrenó en la absolutista Nápoles “española”). Verdi escribió bajo presión y con sus típicos malestares digestivos, aunque obtuvo los cantantes que quería.
Pasan muchas cosas —más fuera de la escena que en ella—, y si al principio todo va lento, al final se acelera frenéticamente. Hay frases y alguna nota o dúo que anticipan la gran colaboración de músico y libretista: el posterior Trovatore, pero de los números (la comparación con el anterior Ernani es devastadora), lo mejor está en la última escena del tenor (Zamoro) y en el final de la ópera (la muerte de Gusmano, el barítono, al que como siempre Verdi “premia” aunque lo “castigue”). La obertura es la más corta y, esa sí, sin duda la peor de su autor, aunque empieza bien.
La nueva producción del Teatro Regio de la ciudad fue una puesta en escena de Manuel Renga absolutamente olvidable: intenta lo tradicional con alguna innovación en un par de indígenas que circulan por allí con una niña, hay bellos trajes pero incongruentes y, cuando se prepara la boda que la protagonista acepta para salvar a su verdadero amor, el resultado es más o menos el de una virgen del período colonial en México.
La dirección musical de James Conlon resultó mucho más adecuada que en otros de sus trabajos en títulos verdianos y la Orquesta Filarmónica Arturo Toscanini tuvo un desempeño satisfactorio. El Coro del Regio se lució como siempre y como siempre bajo la conducción de Martino Faggiani.
En ninguna de las anteriores reposiciones de esta obra en el Festival hubo cantantes excepciones, y hacen falta. Sobre todos destacó el tenor Antonio Poli como Zamoro, en una excelente demostración de sus medios y técnica vocal. Daniel Luis de Vicente, Gusmano, que últimamente figura mucho, tiene una voz importante, que intenta poner de relieve todo el tiempo con el resultado de ser monótono (salvo en esa escena de la muerte antes mencionada). La soprano Marta Torbidoni se afirma también cada vez más, pero sus importantes dotes no parecen coincidir con la protagonista que tenía Verdi en su cabeza (Eugenia Tadolini, al parecer de una belleza tímbrica excepcional). Tiene un color oscuro muy acerado que se va volviendo metálico en el extremo agudo, y un grave poco grato y más bien escaso. Como actriz cumple. Muy bueno el desempeño de Alessio Cacciamani como Alvaro, padre de Gusmano, aunque se le obligó durante la obertura a una actuación ridícula, pero su voz de bajo es muy interesante, como asimismo la del tenor Long Ning en el segundo de Zamoro, Otumbo. Muy breve las partes de Zuma (la mezzosoprano Erica Cortese, a la que tal vez habría que dar más oportunidades) y de Ovando (el tenor Federico Bonghi). Discreto el padre de Alzira (Ataliba), cantado por el bajo Agostino Subacchi. Público numeroso y muy atento y cordial.


