Febrero 6, 2026. Mientras que en su teatro oficial en Behrenstrasse en la zona Mitte se encuentran decenas de obreros y técnicos renovando el edificio, el Schiller Theater en Bismarckstrasse sirve perfectamente como reemplazo.
El elegante teatro en la esquina de Schlutterstrasse ya había servido con distinción a la Staatsoper mientras se renovaba su teatro en Unter den Linden, y de paso se creaban nuevos espacios y un nuevo sitio para conciertos de cámara, la sala Pierre Boulez. Este teatro ha servido como reserva, pero no se equivoque el lector, el Schillertheater es un edificio bello, de estilo art deco, con amplios espacios interiores y una acústica muy aceptable. Ya quisieran muchas capitales europeas tener un teatro de ópera así de bueno.
Este parece ser el año de la otra Lady Macbeth, no menos válida que la de Shakespeare o de Verdi. Riccardo Chailly eligió este título para la apertura de la estación 2025-2026 en la Scala. Dmitri Shostakóvich usa una historia verdadera para simbolizar algo nuevo: el rol de la mujer en un naciente estado comunista y en el siglo XX. Contrario a otros compositores de la época, como Korngold o Schreker, donde muchas de sus obras eran una suerte de experimentos psicoanalíticos que en muchos casos presentaban la angustia de una época, Shostakóvich usa un lenguaje directo, muy comprensible, más “físico” que, a la vez de mostrar el descontento total de la protagonista, Katerina, muestra aspectos de la sociedad rusa que no satisfacieron a Stalin en su momento.
Toda nueva producción de Barry Kosky atrae siempre mucha atención, y esta premiere no fue una excepción. Kosky comienza en forma brutal: Katerina sentada sobre una pared baja con una pared alta que cubre todo el fondo de la escena, mirando hacia un costado, luego su cuerpo comienza a rodar hacia la orquesta y se sienta sobre el escenario descontenta, aburrida, una bomba a punto de explotar.
La figura de la soprano canadiense Ambur Braid es ideal, voluptuosa, sexy, atractiva, una personalidad contenida a punto de desbordar, impetuosa, que toma las cosas como vienen y las acepta con todas las consecuencias. Pero es también una figura tierna, muy femenina y con un corazón que anhela la felicidad. El rol no es fácil de cantar y actuar, pero Braid conquisto con una actuación descollante, completa, y por encima de todo un canto excepcional. Muchas sopranos se esconden detrás de la actuación en escena; la Braid no se escondió y tomó el toro por los cuernos. Su canto lo tuvo todo: fue expresivo, pleno y a la vez sin quiebres y sin dificultad incluso en los pasajes más duros. Una cantante de excepción que pide a gritos roles complejos, que con seguridad la Komische Oper ya habrá pensado en dárselos.
Pero la obra contiene otros dos roles cruciales: uno es Boris, el padre de Sinowi, el debil de carácter esposo de Katerina. Boris es un hombre que ha vivido, que ha logrado un lugar privilegiado en una sociedad brutal, y para ello ha adquirido una brutalidad muy directa. También los operarios de su fábrica lo son y Shostakóvich no vacila en hacernos ver cómo violan sexualmente a Aksinia, la secretaria de Boris.
En esta podredumbre moral vive Katerina, que no le teme a nada. En esta podredumbre aparece un personaje nuevo, Sergej, musculoso, misterioso, un conquistador profesional de mujeres angustiadas y con esposos débiles. Y así, estos tres personajes vivirán unos dias/semanas de aparente felicidad, seguidos de la tragedia más negra y profunda. Dejo a Sinowi afuera de estos tres porque es un personaje incidental, poco importante. Lo que importa es lo que hacen Katerina, Sergej y Boris.
Si el rol de Sergej se eligiera solo por su apariencia física, no habrian dudas que el mejor sería el americano Sean Panikkar. Pero Panikkar también posee una voz robusta y segura, casi brillante. Se mueve con desparpajo, en forma natural, aunque un poco dura. Su interpretación mostró un cantante que le sacó jugo a un rol antipático: al final se le odiaba quizás también porque se le podía criticar (solo un poco) su pronunciación rusa.
No hubo tales reparos con la voz y pronunciación de Dmitry Ulyanov como Boris, un cantante que desbordaba en un rol que parecía hecho para él. Ulyanov se movía como un león en una jaula, amenazante, imprevisto, también un producto de esa sociedad que todavía no había pasado totalmente de la burguesía al comunismo. Su voz demostró todo esto, con tremenda expresividad.
Elmar Gilbertson fue el esposo Sinowi, un debilucho que en manos de Kosky se exhibía también como un abusador de su esposa. Verlo sufrir al comienzo, cuando su padre le obliga a exigir fidelidad de Katerina mientras él está de viaje fue cómico y trágico al mismo tiempo. Mirka Wagner se lució como Aksinja, cantando con voz muy expresiva, algo muy necesario ya que “sufría” horrores en manos de los obreros, que la trataban como un objeto sexual. Marcell Bakonyi fue el aburrido y a la vez temible jefe de policía, cantando con voz por momentos en forma seria y quizás también en burla, describiendo el rol de su profesión en tal forma que Stalin lo hubiera enviado a un Gulag. Susan Zarrabi dio relieve e intriga a Sonjetka, la última conquista de Sergej y, por último, Stephen Bronk fue el viejo prisionero, cerrando la tragedia con su triste, lúgubre y bello lamento.
El coro de la Komische Oper es algo legendario desde sus comienzos y sigue en esa línea. ¿Cuál es la diferencia con otros coros? Muy simple. Este canta como todo coro, a pleno, en secciones, con solistas, pero donde cambia es en la actuación: son todos solistas y actúan en forma individual. Para el lector que nunca los ha visto, solo basta hacer notar un episodio que sucedió hace unos cuantos años. Durante los ensayos de una ópera, el representante del coro fue al director artístico y presentó una queja: ¡el director de escena invitado no le daba a los miembros del coro la oportunidad de actuar! Para ellos un crimen, y para quienes los hemos visto desde hace más de 50 años, también.
En esta producción no hubo lugar para quejas, pues el coro se movió y actuó y sonó como si fuesen los personajes mismos. Una maravilla. La orquesta de la casa en manos de su director musical, James Gaffigan, se deleitó tocando la partitura que contiene tanto humor y tanta tragedia. Al gran estilo ruso, los tutti fueron vigorosos, de tremendo poder, y también hubo lugar para el reposo, la reflexión y para la liberación de una mujer que moría no por ser asesina, sino porque deseaba la felicidad.



