Abril 14, 2026. Varias fuentes indican que fue en Nueva York, en 1893, cuando se consumó un matrimonio lírico que perdura hasta hoy entre Pagliacci de Ruggero Leoncavallo y Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni. El viejo Metropolitan Opera las ofreció juntas el 22 de diciembre de 1893 en el orden que el Teatro Colón las está ofreciendo en este inicio de la Temporada Lírica 2026: primero Pagliacci —idea muy razonable, ya que su prólogo sirve de preámbulo a los sentimientos de la nueva escuela italiana—, y luego Cavalleria rusticana. El programa doble se impuso en casi todos los teatros del mundo, pero en el orden inverso a la primera vez que las dos de óperas cortas más famosas de la historia compartieron cartel.
El Teatro Colón presentó la dupla en versiones razonables, con buena dirección musical, una escena grandilocuente y un elenco con demasiados altibajos que no permitieron subir la vara. A pesar de todo, Leoncavallo y Mascagni lograron otra vez la magia y el fervor del público.
Beatrice Venezi concertó con altura y dominio de la parte, logrando una versión musical de vuelo y estilo. La maestra italiana buscó siempre el equilibrio entre el foso y la escena, acompañando adecuadamente a los solistas y al coro. Muy bien planteados los dos intermedios de las partituras, con mejor prestación en Pagliacci que en Cavalleria, quizás porque las proyecciones de la puesta en escena quitaron protagonismo a la orquesta y la atención se desvió de lo musical.
Hugo de Ana —en su cuádruple función de director escénico, escenógrafo, vestuarista e iluminador— intentó unir las obras desde un plano cinematográfico, utilizando un recurso usado infinidad de veces: la simulación de la filmación de una película. Escenografía grandilocuente, vestuarios de la década de 1940 de la Italia pobre, utilización hasta el hartazgo del escenario giratorio que determina dos planos: la plaza para los coros y escenas de conjunto y otro espacio más íntimo para los protagonistas, multitud de figurantes —más en Pagliacci que en Cavalleria— y proyecciones con uso de la inteligencia artificial.
De Ana conoce a la perfección las posibilidades del Teatro Colón y los gustos de sus abonados y no defraudó a la mayoría del público; aunque la pléyade de figurantes en Pagliacci confundió y quitó el foco de la acción y en Cavalleria el coro estático y las actuaciones de los dos protagonistas principales fueran exageradas y, finalmente, risibles.
Figura indiscutible de la noche fue el barítono Fabián Veloz como Tonio y Alfio. Compuso con adecuado perfil a los dos personajes, con perfecta compenetración, actuación adecuada, bello registro lírico con tintes dramáticos, línea de canto depurada y proyección sin fisuras. Se restituyó a Tonio la frase final de Pagliacci (‘La commedia è finita!’), que Veloz interpretó no con el grito tradicional sino casi susurrada en un excelente efecto musical y teatral.
El tenor Santiago Martínez como Beppe demostró que no existen roles pequeños cuando hay profesionales de fuste. Con su bello registro, emisión cuidada y refinamiento expresivo, fue nuevamente uno de los puntales del elenco. Muy correcta la Nedda de María Belén Rivarola, con alguna nota velada, pero con buena prestación general.
El Silvio de Ramiro Maturana evidenció buenas dotes y adecuada línea de canto. Tanto Guadalupe Barrientos (Mamma Lucia) como Javiera Barrios (Lola) fueron adecuadas a sus respectivos roles, y no desentonaron los campesinos de Mariano Crosio y Ariel Casalis. Puntales de la representación fueron tanto el Coro Estable (siempre dirigido por Miguel Martínez) como el Coro de Niños (preparado de esta temporada por Mariana Rewerski), con prestaciones de alta calidad. Los restantes protagonistas resultaron irregulares y con ello bajaron el nivel de la representación.
Liudmyla Monastyrska (Santuzza) tiene gran volumen y potencia, pero ha perdido homogeneidad en el registro. Su emisión resultó irregular: pasó de frases con gran belleza a agudos descontrolados. Verdaderamente desconcertante para una cantante de gran carrera internacional.
Pero los grandes problemas fueron los tenores. El ucraniano Denys Pivnitskyi ofreció un Canio exaltado tanto en lo vocal como en lo actoral, con un italiano errático y esquiva afinación, pero con gran volumen que debería controlar adecuadamente. Igualmente superó a su colega coreano Yonghoon Lee (Turiddu) que tiene buen material, pero una emisión irregular y nula capacidad actoral que lo llevó a la sobreactuación permanente.


