Septiembre 27, 2020. Finalmente, luego de actividades fuera de la sede o en ella pero prácticamente sin público, y ninguna lírica, puede decirse que se ha alzado el telón de la temporada 2020-2021 del Coliseo de las Ramblas. No lo ha hecho con una ópera, sino con un concierto de arias y dúos interpretados por Sondra Radvanovsky y Piotr Beczała —es decir, dos de los nombres más estimados por el público catalán, si no los que más—, acompañados muy bien al piano por Camillo Radicke.
Con las nuevas normas sanitarias y tantas butacas sin utilizar, el aspecto era, sin embargo, de lleno total, y se sentía ya antes de comenzar un nerviosismo en la sala, una emoción por el retorno del contacto en vivo con los artistas que, cuando se presentaron por último, la ovación no fue solo larga sino ya al rojo vivo. La soprano y el tenor, muy emocionados (ella en particular) se dirigieron al público para compartir su alegría de volver a cantar en este escenario, y sin más —sin intermedios y sin piezas pianísticas alternadas como en los últimos tiempos se estila— abordaron un programa de páginas amadas y muy conocidas, algunas de las cuales ya habían cantado aquí mismo en conciertos o en versiones escénicas de óperas completas.
Cuando, ya en los bises, llegaron la “Canción a la luna” de Rusalka de Dvořák y sobre todo el aria del protagonista de Halka de Moniuszko, nos encontramos ante fragmentos por comparación insólitos. Del programa oficial baste decir que la pieza menos conocida (no lo es en absoluto) era la gran aria de Rodolfo de Luisa Miller de Verdi, que Beczała cantó de modo admirable (la segunda estrofa fue cosa de otro mundo), como ya lo había hecho en la anterior temporada. El tenor cantó también momentos estelares de Puccini, Giordano y Mascagni: el adiós a la vida de Cavaradossi y el de Chénier, y la despedida de Turiddu (en la que la memoria le jugaba una mala pasada superada con gran arte). No podía faltar el canto de Ossian de Werther de Massenet (con el que conquistó definitivamente al público liceísta y uno de los bises más memorables de la historia reciente del teatro). En todas las arias era dado percibir el magisterio técnico y estilístico, la articulación clara y precisa, un buen volumen y, sobre todo, un registro central que adquiere cada vez más peso y ayuda a entender las últimas opciones y las futuras —que a algunos les parecen arriesgadas— del repertorio del gran cantante.
La famosa soprano canadiense comenzó con ‘Pace, pace mio Dio’, para proseguir con ‘La mamma morta’, ‘Sola perduta abbandonata’, ‘Vissi d’arte’ e ‘Io son l’umile ancella’, o sea todas piezas del verismo menos la primera (Verdi, Giordano, Puccini, Cilea). Lucía un instrumento de dimensiones enormes, no muy bello, algo metálico, con bellas medias voces (aunque aquí y allá había trazas de ese vibratello que la ha caracterizado siempre), un registro grave no siempre robusto y un italiano mejor en las páginas verdianas que en las del verismo. Su comunicatividad y expresividad resultan típicas de varios artistas norteamericanos, absolutamente exteriores (por primera vez veo a Rusalka “mirar” fijamente el agua en un concierto, y más aún a Adriana Lecouvreur soplar cada vez que dice ‘soplo’).
Aplaudida con delirio (en particular tras ‘Vissi d’arte’) tuvo siempre un nivel alto (quizás algo menos en el aria de Manon Lescaut, donde habría sido preferible que evitara tanto sollozo final que no bastaban para expresar una desesperación algo ausente en el resto del aria, en la que precisamente algunos de los graves no sonaron con suficiente proyección).
Juntos cantaron, con gran afinidad vocal y artística, el dúo final de Andrea Chénier, pero sobre todo el gran dúo de amor del segundo acto de Un ballo in maschera, en el que todas las dificultades se resolvieron sin recurrir a truco alguno y con una intensidad de sentimiento notable.
Para terminar, eligieron el final de La viuda alegre de Lehár, y aun cuando el celular donde estaba escrito el texto fue utilizado con simpatía y desenvoltura por la soprano, era inevitable advertir la incuestionable familiaridad con el género y la lengua del tenor. El público en pie les agradeció los pasos de baile sin bailar (nueva normalidad) que marcaron al final.


