Un recital de canciones inusual, con duetos, cuartetos y dramas en miniatura, que plantea la cuestión de qué es lo que realmente hace que un conjunto sea un conjunto.
Agosto 26, 2026. Schubert y la canción: lo primero que suele venir a la mente es una voz y un piano. Es fácil olvidar que Franz Schubert también dejó un notable número de obras polifónicas. Este recital en la Sala Angelika Kauffmann de Schwarzenberg se centró precisamente en esta faceta menos conocida del compositor. Nikola Hillebrand (soprano), Patricia Nolz (mezzosoprano), Mauro Peter (tenor) y David Steffens (bajo), junto con Malcolm Martineau al piano, presentaron un programa de dúos y cuartetos.
Muchas de estas obras surgieron de la cultura musical privada y sociable que marcó la vida de Schubert. Los amigos se reunían para cantar y hacer música juntos: el mismo mundo del que surgieron las Schubertiadas históricas. Solo por eso, este programa resulta especialmente apropiado para la Schubertiada de hoy.
La velada comenzó solemnemente con ‘Hymne an den Unendlichen’ (Himno a lo infinito), antes de que ‘Cronnan’ (Coronas) —basado en el texto de los poetas James Macpherson (Ossian) y Edmund von Harold— entrara en un mundo muy diferente, más misterioso. Aquí, uno de los retos del reparto ya era evidente: Mauro Peter sonaba relativamente débil y carecía de presencia, recordando por momentos el carácter vocal de un evangelista, mientras que Nikola Hillebrand, cantando desde fuera del escenario, llenaba la sala con un sonido bello, claro y muy presente. Su potente voz de soprano podría encajar bien en el escenario operístico. Sin embargo, dentro de este tipo de conjunto, a menudo dominaba y, por momentos, emergía con demasiada fuerza como voz solista.
Más tarde, en ‘Licht und Liebe’ (Luz y amor), la considerable diferencia de sonido y dinámica entre ambos seguía siendo evidente. Dos voces interesantes, pero no necesariamente dos voces que se fusionen naturalmente en un dúo armonioso.
La combinación de Patricia Nolz y David Steffens, por el contrario, se consolidó como el dúo más destacado de la noche. Nolz impresionó con una voz redonda y delicada, una fuerte presencia y un encantador talento para la comedia; Steffens la complementó con una voz sonora y agradablemente arraigada. ‘Hermann und Thusnelda’ fue particularmente entretenida: la victoriosa Thusnelda habla, se entusiasma y, en última instancia, tiene la última palabra. En contraste, Hermann tiene relativamente poco que decir y ocasionalmente responde con cierta irritación. En ‘Antogone und Oedip’ (Antígona y Edipo), también, el personaje femenino carga con gran parte del peso emocional.
Cuatro voces, pero no siempre un conjunto
Particularmente en cuartetos como ‘Gott im Ungewitter’ (Dios en la tormenta), se puede apreciar hasta qué punto la música de Schubert para varias voces está arraigada en una cultura de hacer música en conjunto. Cuatro voces individuales deben convertirse en un solo cuerpo sonoro sin perder sus identidades distintivas.
En esta ocasión, esto no se repitió de forma consistente. Acústica y dinámicamente, el cuarteto a menudo carecía de equilibrio. Las voces diferían considerablemente en volumen, timbre y proyección; particularmente en los pasajes tutti, algunas dominaban mientras que otras quedaban en segundo plano. Una y otra vez surgía la misma pregunta: ¿Con qué criterios se debería elegir a los cantantes para un programa como este?
Malcolm Martineau demostró ser el pilar fundamental del conjunto. Sensible y siempre atento a las diferentes voces, mantuvo la cohesión musical sin acaparar nunca el protagonismo.
Un diálogo interior
Tras el intermedio, ‘Die Geselligkeit’ (Sociabilidad), con su alegre celebración de la vida, introdujo un nuevo ambiente. De hecho, uno de los puntos fuertes de la velada fue su dramaturgia: la solemnidad se alternaba con el humor, la tragedia antigua con la añoranza romántica, la camaradería con la soledad.
Particularmente fascinante fue ‘Mignon und der Harfner’ (Mignon y el arpista), basada en la obra de Johann Wolfgang von Goethe, donde ambos cantan juntos ‘Nur wer die Sehnsucht kennt’ (Solo aquellos que conocen el anhelo). Dos personas comparten las mismas palabras, y la música de Schubert hace que el dúo suene casi como un diálogo interior, como si una persona hablara consigo misma con dos voces.
El momento culminante, emotivo y dramático, de la velada fue ‘Eine altschottische Ballade’ (Una vieja balada escocesa), basada en una pieza de Johann Gottfried von Herder. En un diálogo cada vez más tenso, una madre interroga a su hijo sobre la sangre en su espada. Poco a poco, la verdad sale a la luz: él ha matado a su padre.
Aquí, Nolz y Steffens desplegaron todo su potencial vocal y dramático. De repente, una canción se convirtió en un drama en miniatura: preguntas y respuestas, negación y revelación se intensifican con una tensión cautivadora. Fue aquí, en particular, donde se pudo apreciar la facilidad con la que las canciones polifónicas de Schubert se transforman en escenas operísticas en miniatura.
Lo que sin duda triunfó aquella noche fue la estructura dramatúrgica y temática del programa. Las canciones se organizaron de tal manera que los estados de ánimo y las dinámicas de los personajes cambiaban constantemente. A pesar de centrarse en dúos y cuartetos, la velada se mantuvo variada y nunca resultó monótona.
Con ‘Gebet’ (Oración), el programa finalmente confluyó en una conclusión compartida, completando al mismo tiempo el arco que nos devolvía a la solemnidad de la inauguración. Si bien no todas las combinaciones vocales resultaron igualmente convincentes, el programa reveló una faceta de Schubert que aún permanece oculta a la sombra de sus grandes canciones para solista: Schubert como compositor de la unidad musical. Y quizás ahí reside precisamente el reto de esta música: cuatro buenas voces no son suficientes. También tienen que encontrar una voz común.


