Septiembre 28 y 29, 2026. La ópera que detenta el número máximo de representaciones en el Teatro del Liceu ha vuelto por unas dieciocho (se dice pronto) funciones en una nueva producción, compartida con Salzburgo, donde nació, y París, donde prosiguió con modificaciones que al parecer han seguido aquí.
La dirección de escena es de la iraní Shirin Neshat y, sin dudar de sus buenas y legítimas intenciones de presentar una lectura antibelicista, no solo no lo consigue (y los videos, fotos fijas y juegos de luces son muy buenos), sino que el agregado de rumores, susurros y procesiones diversas entre las diferentes escenas quiebran todo ritmo, aburren y cansan al público que en la primera de estas dos veladas manifestó ruidosamente su desaprobación.
Los personajes están poco definidos y solo el esmero de algún cantante, como Fiorenza Cedolins,que debutó en el rol de Amneris, fue la excepción. Esta Amneris soprano, pese a alguna obvia debilidad en zona grave, fue lo más destacado de la segunda función por fraseo e inteligencia y unos agudos poderosos y seguros que la llevaron a dominar en los conjuntos. Su Aida fue una correcta pero poco lucida Olga Maslova.
Anna Netrebko debutó su protagonista precisamente con esta producción en Salzburgo y ella sí que ha crecido desde el punto de vista actoral. Vocalmente aún en gran forma, especialmente en los dos últimos actos, fue aplaudidísima y asimismo lo mejor de la primera de estas funciones. Su rival fue encarnada por una Ekaterina Semenchuk que, o atraviesa un mal momento de su carrera, o no estaba al máximo de sus posibilidades: sacó adelante el personaje y poco más.
Con todos los cambios y sustituciones del equipo masculino, el Radamés fue común a las dos representaciones, todo un desafío. Salió airoso del trance el tenor armenio Arsen Soghomonyan, de medios sólidos aunque no bellos, canto correcto aunque genérico y actuación endeble. Amonasro fue en el primer caso Artur Rucinski, quien lo hizo bien, aunque el tipo de voz y volumen no correspondan exactamente a los requisitos de la parte. Sólido, aunque ligeramente monótono, fue el de Ángel Òdena, quien de todos modos estuvo más cerca de dar el tipo. Alexander Köpeczi ofreció un buen Ramfis, aunque la voz sonara algo más clara que en otras oportunidades. Simón Orfila estuvo, por su parte, bastante oscilante. Las sacerdotisas, Carmen Buendía y Núria Vilà resultaron correctas, algo más la primera.
Las otras partes tuvieron siempre el mismo cantante. El más importante, por medios y papel, fue el Rey de Vittorio De Campo, quien debería ocuparse más del fraseo. Moisés Marín exhibió sus buenas condiciones de cantante y actor como Mensajero, pero tuvo la mala idea de terminar su relato con un acento verista que no conviene ni a Verdi ni a la ópera.
Muy bien el coro (levemente superior o más potente la parte femenina), preparado por Pablo Assante. Excelente la prueba de la orquesta dirigida por Antonello Manacorda y su asistente en este caso, Josep Gil, que evidenciaron condiciones pero también suscitaron algún reparo por tiempos o densidades sonoras. No hubo bailarines para los números de danza, que fueron realmente disparatados aunque dieron trabajo, como en el resto de la obra, a muchos figurantes y atletas.
Muy buena presencia del público en la primera función, pero menos en la segunda. Aún nos queda por comentar un reparto nuevo y ni con eso cubriré a todas las figuras que pasan por aquí estos días.

Arsen Soghomonyan (Radamès) y Fiorenza Cedolins (Amneris) © Sergi Panizo


